viernes, 2 de septiembre de 2016

75 aniversario de la muerte de Virginia Woolf



Mónica Hidalgo

Cuando buscas Sufragette en google además de remitir a la película estrenada hace unos meses de Sarah Gavron, también ofrece varios enlaces a Sufragette Sisters, la canción entonada por la madre de los niños que cuida Mary Poppins en la cinta del mismo título.

 La señora aparece retratada como una loquita que viven en su propio mundo de soflamas y reivindicaciones pero que se entera muy poco –y le importa menos- lo que le sucede a sus hijos y su marido, lo que se revela como clave argumental de la película. A madre inexistente se le superpone una cuidadora dulce y con poderes mágicos que dará a los niños el cariño y la racionalidad entre comillas que su madre, ocupada en otros menesteres más prosaicos,  es incapaz de darles.

La lucha por el derecho al voto fue uno de las primeras grandes cruzadas del feminismo a principios de siglo y la primera vez que las mujeres se organizaron para erigirse contra lo que ellas consideraban una sociedad injusta que limitaba sus derechos, perpetuaba su condición de sexo débil y asociaba su existencia a su pertenencia a un padre, marido o hermano.

Al hilo de la lucha feminista no estaría de más reivindicar figuras como la de Virginia Woolf, la escritora que consiguió convertirse en una de las primeras voces femeninas de la literatura universal con mayúsculas. Como parece que ahora los homenajes están sujetos a alguna efeméride, algunos editores han aprovechado el 75 aniversario de la muerte de Virginia Woolf para homenajear a una de las primeras voces feministas de la literatura, que se ganó esa condición gracias a la ruptura con las normas establecidas y a la renovación del estilo novelístico. Hasta la aparición de Mrs. Dalloway, la literatura femenina se limitaba a hacer retratos costumbristas del universo de las mujeres de clase media alta con preocupaciones asociadas a la búsqueda de un buen marido. Woolf fue coetánea de Elliot y Proust y no solo ayudó a transformar la novela convencional femenina y universal, sino que pulverizó las normas y códigos imperantes hasta la fecha.

En Mrs. Dalloway todo transcurre en un día y la protagonista es una mujer con una vida encorsetada por los rigurosos códigos de clase de la vida británica. Clarissa Dalloway es el hilo conductor de una novela que fluye como un gran monólogo interior en el que aparecen personajes vacuos como su  marido o su eterno enamorado y otros tan inquietantes y desazonadores como el joven esquizofrénico Septimus Warren Smith que vive en una realidad paralela y desoladora. 

Perteneciente al grupo de Bloomsbury, Virginia es la representante femenina de una nueva generación de escritores que renovaron la narrativa del siglo XX más centrada hasta entonces en largos pasajes descriptivos y con poca atención hacia el desarrollo  del mundo interior de los personajes. En el libro la fiesta que organiza Clarissa y se va a celebrar esa misma noche, no es más que una excusa para dar a conocer una amplia galería de caracteres psicológicos con sus pensamientos y sentimientos como hilo conductor de la trama.  

El paseo matutino de la señora Dalloway es una experiencia sensorial y audiovisual que retrata un Londres personal e intransferible. Este pasaje revolucionario es ideado a la manera de un guión cinematográfico donde la cámara va avanzando de la mano de la protagonista de la obra.
Pero más allá de su valor literario, Virginia Woolf es todo un símbolo feminista que representa la ruptura de los convencionalismos y las normas impuestas. Algunas frases de sus libros siguen estando vigentes hoy cuando todavía estamos lejos de la proclamada igualdad de género. Aquí van algunas de sus perlas: “Las mujeres han vivido todos estos siglos como esposas, con el poder mágico y delicioso de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural”. “No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. La vida es un sueño, el despertar es lo que nos mata”.