Mónica Hidalgo
Cuando
buscas Sufragette en google además de remitir a la película estrenada hace unos
meses de Sarah Gavron, también ofrece varios enlaces a Sufragette Sisters, la
canción entonada por la madre de los niños que cuida Mary Poppins en la cinta
del mismo título.
La señora aparece retratada
como una loquita que viven en su propio mundo de soflamas y reivindicaciones
pero que se entera muy poco –y le importa menos- lo que le sucede a sus hijos y
su marido, lo que se revela como clave argumental de la película. A madre
inexistente se le superpone una cuidadora dulce y con poderes mágicos que dará
a los niños el cariño y la racionalidad entre comillas que su madre, ocupada en
otros menesteres más prosaicos, es incapaz de darles.
La lucha por el derecho al voto fue
uno de las primeras grandes cruzadas del feminismo a principios de siglo y la
primera vez que las mujeres se organizaron para erigirse contra lo que ellas
consideraban una sociedad injusta que limitaba sus derechos, perpetuaba su
condición de sexo débil y asociaba su existencia a su pertenencia a un padre,
marido o hermano.
Al hilo de la lucha feminista no
estaría de más reivindicar figuras como la de Virginia Woolf, la escritora que
consiguió convertirse en una de las primeras voces femeninas de la literatura
universal con mayúsculas. Como parece que ahora los homenajes están sujetos a
alguna efeméride, algunos editores han aprovechado el 75 aniversario de la
muerte de Virginia Woolf para homenajear a una de las primeras voces feministas
de la literatura, que se ganó esa condición gracias a la ruptura con las normas
establecidas y a la renovación del estilo novelístico. Hasta la aparición de
Mrs. Dalloway, la literatura femenina se limitaba a hacer retratos
costumbristas del universo de las mujeres de clase media alta con
preocupaciones asociadas a la búsqueda de un buen marido. Woolf fue coetánea de
Elliot y Proust y no solo ayudó a transformar la novela convencional femenina y
universal, sino que pulverizó las normas y códigos imperantes hasta la fecha.
En Mrs. Dalloway todo transcurre en
un día y la protagonista es una mujer con una vida encorsetada por los rigurosos
códigos de clase de la vida británica. Clarissa Dalloway es el hilo conductor
de una novela que fluye como un gran monólogo interior en el que aparecen
personajes vacuos como su marido o su eterno enamorado y otros tan
inquietantes y desazonadores como el joven esquizofrénico Septimus Warren Smith
que vive en una realidad paralela y desoladora.
Perteneciente al grupo de
Bloomsbury, Virginia es la representante femenina de una nueva generación de
escritores que renovaron la narrativa del siglo XX más centrada hasta entonces
en largos pasajes descriptivos y con poca atención hacia el desarrollo
del mundo interior de los personajes. En el libro la fiesta que organiza
Clarissa y se va a celebrar esa misma noche, no es más que una excusa para dar a
conocer una amplia galería de caracteres psicológicos con sus pensamientos y
sentimientos como hilo conductor de la trama.
El paseo matutino de la señora
Dalloway es una experiencia sensorial y audiovisual que retrata un Londres
personal e intransferible. Este pasaje revolucionario es ideado a la manera de
un guión cinematográfico donde la cámara va avanzando de la mano de la
protagonista de la obra.
Pero más allá de su valor
literario, Virginia Woolf es todo un símbolo feminista que representa la
ruptura de los convencionalismos y las normas impuestas. Algunas frases de sus
libros siguen estando vigentes hoy cuando todavía estamos lejos de la
proclamada igualdad de género. Aquí van algunas de sus perlas: “Las mujeres han
vivido todos estos siglos como esposas, con el poder mágico y delicioso de
reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural”. “No hay barrera,
cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. La vida es
un sueño, el despertar es lo que nos mata”.
