lunes, 18 de julio de 2022

Susana

 


No recordaba la dirección de tu casa ni tampoco tu apellido ni dónde vivías, pero sí me habías hablado de la fábrica de pan de tu padre que estaba en Aluche. Nos conocimos en un viaje a Egipto y nunca había vuelto a saber de ti. Pero ahora que había muerto Manuel, mi marido, quería reencontrarme con toda la gente maja que habíamos conocido en nuestros viajes y tú e Ignacio erais dos de ellos.

El crucero por el Nilo fue mágico y me traía tan buenos recuerdos que quería rememorarlos contigo. Ese amanecer tomando champán y viendo emerger al astro rey en el río más largo del mundo, merecía al menos un reencuentro. Tus ojos profundamente negros brillaban tanto en la noche como tu perenne cigarrillo. Igual que tú risa y tus carcajadas. Ni sé qué nos contamos en aquella madrugada cuando ya todos los alemanes y nórdicos se habían ido a dormir borrachos perdidos. Hablamos de cómo os conocisteis, de tu pasión por los viajes, del amor por lo ruso por parte de Ignacio, de lo bien que os habías llevado siempre. Nosotros también comentamos que nos encantaba viajar y que, a pesar de vivir en León, siempre estábamos soñando con las vacaciones para poder recorrer el mundo y salir de nuestro universo tan pequeñito y tan de provincias.

Habíamos hablado incluso de ir todos juntos a Moscú y desde allí coger el tren hasta San Petersburgo. Una amiga tuya había ido en viaje de novios y le había encantado la experiencia. Pero después de lo de Egipto fuimos perdiendo el contacto y comenzamos a espaciar las llamadas a lo largo de los meses. Luego tan sólo nos escribíamos emails y, más tarde, el silencio. Seguramente habrías cambiado de correo electrónico, porque el que tenías era de Wanadoo y ya no estaba operativo.

Y lo mismo me pasó con el móvil, era de los primeros 600 y ahora ya no funcionaban. Me daba pena que no se te ocurriera llamarme algún día o escribirme un correo, pero claro, habían pasado casi 10 años desde la última vez que tuvimos contacto y eso, en el mundo que vivimos, es una eternidad. Pero ahora estaba dispuesta a encontrarte. Sólo tenía dos pistas: la fábrica de pan y Aluche.

Como mujer de provincias que soy siempre tengo la sensación de que no puede ser tan difícil dar con alguien en un barrio de Madrid. No calculaba lo complicado que puede ser encontrar una dirección en un distrito de 250.000 habitantes. Todas las búsquedas las hacía por las noches en casa, después de mi turno como enfermera en el hospital comarcal de El Bierzo y de mis clases de gimnasia, yoga, idiomas y voluntariado. No había tenido hijos y Manuel ya no estaba, pero mis tardes estaban ocupadísimas. Era una terapia para no pensar, para no caer en la cuenta de que mi amor se había ido hacía más de un año y que yo seguía allí, varada en León sin saber muy bien qué hacer con mi vida.

La búsqueda

Después de ducharme y tomar cualquier cosa para cenar, me ponía a hacer búsquedas con el móvil. Era un momento de relax, de tranquilidad y de reencuentro con vosotros y con Manuel. Lo primero que hice fue identificar todas las fábricas de pan, hornos, tahonas y pastelerías del distrito de Aluche. Ni una sola tenía un dueño con tu nombre o el de Ignacio, así que de momento no había habido suerte. iiHabía 107!! Entre todas ellas tuve que identificar las que eran hornos o tahonas y aquello no fue tan fácil. Muchas tiendas, pastelerías, cafeterías tienen un pequeño horno para hacer el pan y eso también contabiliza. Fue una labor de varias semanas, pero durante ese tiempo estuve entretenida, no me daba tiempo a pensar en nada ni por qué. Al final, me quedé con 10 panaderías- pastelerías-cafeterías cercanas al Gómez Ulla, el hospital militar que me habías dicho que estaba muy cercano a la fábrica de pan de tu padre y también de tu casa.

En Facebook no había ni rastro de vosotros, claro que no recordaba vuestro apellido, así que era casi imposible encontraros. Nunca os gustó el móvil y mucho menos las redes sociales, así que no tuve éxito en Facebook, ni mucho menos en Twitter o Linkedin. Una pista que consideraba buena terminó por ser también un falso anzuelo porque me habías dicho que veraneabas cerca de El Escorial, y por eso empecé a buscar también por allí. Me barrí y rastreé por Internet todos los pueblos de la zona, pero después de llamar a todas las pastelerías¬ panaderías-cafeterías me convencí de que nadie conocía a una pareja llamada Susana e Ignacio. Parecía increíble que en la era de Internet 4.0 y del big data no apareciera nada de vosotros. No podía ser que os hubierais disuelto como un azucarillo en una taza de té caliente.

Me voy a Madrid

  Así que seis meses después de emprender mi reto me decidí a plantarme en el barrio de Carabanchel   dispuesta a recorrerme todas las panaderías de la zona. Preparé todo el viaje de forma concienzuda.  Estaba dispuesta a no volver hasta encontrarte, por eso me pedí unas vacaciones de 30 días, las que me tocaban y otros tantos días que me debían desde tiempos inmemoriales. Quería volver a ver esos ojos tan negros y esa sonrisa, y verte reír y llorar a la vez con tu sempiterno cigarro en la mano. La noche antes de venir me desperté acongojada, no sabía que había soñado exactamente, pero sabía que no era un sueño dulce. Las pesadillas siempre persiguiéndome. ¿Y si no os encontraba? ¿Y si os habíais ido a vivir lejos de Madrid? ¿Y si te habías convertido en madre de tres niños, estabas dedicada en cuerpo y alma a tu hogar y ya no querías saber nada de tus antiguos compañeros de viaje? Decidí correr el riesgo.

Estaba ilusionada, lo notó mi hermana y mis compañeras del trabajo, tan acostumbradas a verme desganada. Quería encontrarte y también saber qué había sido de tus amigas Pilar y Alicia de las que tanto hablabas mientras paseábamos por Jan Alhalili o disfrutábamos de la visita imperial en el Valle de las Reinas. Mi viaje a Madrid empezó como una aventura, como aquel día que se nos ocurrió meternos en un hamman en Cairo y acabamos regateando el precio de una alfombra que nos enseñaba la mujer de los masajes. Asustadas y divertidas a la vez, salimos a la carrera de allí con un ataque de risa de esos tan difíciles de controlar. Como niñas pequeñas disfrutamos entre las riadas de gente que transitaban por el zoco y callejuelas del barrio copto. Nos detuvimos en muchos puestos de plata y cuero y disfrutamos regateando hasta acabar exhaustas y borrachas con el olor de las especias.

Con ese dulce recuerdo en mi memoria me quedé dormida el día antes de emprender la aventura. Salí muy temprano de casa por la mañana cuando todavía no había amanecido y los bancos de niebla aún tomaban las calles de León. Cuando me desperté, el bus enfilaba el parking de la estación de autobuses y empezaba a maniobrar para aparcar. Subí andando hasta Atocha y luego la Gran Vía para disfrutar de una ciudad que olía tan diferente a León. Quizás por la sequedad del ambiente, por la contaminación o por los múltiples olores de restaurantes que se entremezclaban entre sí. Madrid me recibió optimista y yo también lo era.

Más pistas

Al día siguiente me puse manos a la obra: ¡Te iba a encontrar! Era octubre de 2018 y tenía toda una ciudad por delante. El primer día quedé con mi prima Sara, que llevaba toda una vida en la ciudad y se había convertido en toda una profesional del Madrid cultural, gastronómico y nocturno. Ella me llevó a ver varias exposiciones de las imprescindibles, obras de teatro e iglesias barrocas con pequeñas joyas escondidas en sus capillas. Una noche hasta me arrastró a Medias Puri, un local que se había puesto de moda y donde recaían todas las criaturas de la noche madrileña, sin límite de edad ni condición. Por las mañanas yo me dedicaba a rastrearme las panaderías y pastelerías del Gómez Ulla. Nada, ninguna era la del padre de Susana ni sabían dónde podía haber una fábrica de pan.

Al quinto día, cuando ya empezaba a estar un poco desesperada, entré en un bar cafetería que tenía un pequeño horno de pan, y, cuando ya me iba, una mujer mayor se me acercó corriendo y me dijo: "¿Buscas una fábrica de pan de las de antes? Yo sé dónde estaba". La mujeruca enjuta y delgadita hasta los límites andaba a toda velocidad y mientras me llevaba con ella hacia la antigua dirección del obrador me contó unas cuantas anécdotas del barrio que apenas entendí. Hablaba a gritos, pero como le faltaban tantos dientes no pronunciaba bien, ¡qué pena, pobrecita!

Cuando llegamos había un local de manicura atendido por pequeñas chicas orientales tapadas con máscara que agachaban los ojos a nuestro paso. ¡La esclavitud moderna, iQué poco hemos avanzado! Hablar con la encargada o la dueña del local fue tarea inútil, ella no sabía nada ni entendía bien lo que le preguntábamos, así que después de unas amables palabras de despedida decidí ir a preguntar a algunos de los vecinos de las casas cercanas. Nadie abría la puerta, todos daban la callada por respuesta y colgaban el auricular del portero automático.

Aproveché la llegada de un vecino para entrar y subir al primer piso donde una mujer que parecía mayor malhumorada empezó a gritarme y decirme que me fuera si no quería que llamara a la policía. "Largo ladrones, chorizos, volved a vuestro país maricones". Puf, ¡qué horror! En la casa de al lado una chica, que debía ser latina, me abrió con la cadena puesta y  me dijo que llevaban unos meses en el piso, que ella no sabía nada. Fue muy amable y dulce, se lo agradecí mucho.

El resto de vecinos o no estaban o no quisieron abrirme. ¿Qué podía hacer? Pues ir a la empresa de alquiler de local. Había visto Tecnocasa en la acera de enfrente, así que decidí cruzarme y preguntarle a los vendedores hípster que trabajaban allí y a los que no les interesó nada mi pregunta. Ellos estaban allí para ganar comisiones por la venta de casas y no tenían tiempo para dedicarlo a hablar de chorradas, ¿qué querrá esta tía ahora? Desilusionada salía por la puerta cuando, de repente, volví a ver a la señoruca pequeña gritando por la calle: "eh, chica, aquí, aquí! ¡Madre mía!, iQué escandalera! Qué querría ahora esta señora, ¡Qué corte! A ver si al final quería meterme en un lío raro, ¿quién me mandaría a mí meterme en estas historias? "Niña, niña, ven, que te estoy llamando". Buenooo, vale, me acercaré a ver qué quiere. "Sí, voy, voy, no hacer falta meter esos gritos", le dije bastante borde y prepotente.

"Mira, esta es la señora Delfina, ella conocía a Manolo, el dueño de la panadería de pan, el padre de Susana". No me lo podía creer, al final ella me iba a dar una pista importante, ¡Qué maja y qué malos pensados somos, joer!

-       "Hola señora, ¿cómo está usted?"

-        "Muy bien hija, muy bien, ¿Por qué estás buscando al Manolo?".

De forma telegráfica le conté mi interés en localizar a su hija y verbalicé por primera vez la razón oculta de mi búsqueda: había perdido a mi marido y quería reencontrarme con los amigos comunes que hicimos juntos. i¡Qué bonito hija, pues sí, claro que sí!!

Manolo se había jubilado y él con su mujer se habían cambiado de barrio. Su hijo sabía dónde vivían ahora, pero a él sólo le veía una vez al mes que era cuando venía a visitarla a la residencia Los Nogales donde estaba ingresada.

-       "Hija, hasta dentro de unos días no voy a poder preguntarle porque yo no oigo nada.  Por eso no hablo con él por teléfono, ni sé cómo funciona eso de los mensajes".

Después de agradecerle una y mil veces su ayuda y colaboración, invité a las dos señoras a desayunar un chocolate con churros que les supo a gloria. "Ay, hija, ¡qué solitas estamos!" Estas mujeres, madres y abuelas, a las que tanto debemos después de toda una vida de lucha y sufrimiento, las arrinconamos en residencias donde abandonamos en su soledad y tristeza.

Después de darme muchos besos y abrazos Delfina y Julia, como se llamaban las dos, volvieron a su residencia, y yo me fui feliz a ver una exposición al Reina Sofía. iiHoy sí que había avanzado algo!! En unos días Delfina me llamaría dándome buenas noticias. jQué alegría! Los días pasaron igual que las estaciones en Madrid. En pleno mes de febrero había vivido días de frío helador, otros de primavera y alguno de casi verano en manga de camisa. Disfrutaba de la ciudad para mí sola como jamás había pensado hacerlo y no echaba nada de menos León. iEra feliz!

Ángeles salvadores

Y el día llegó, Delfina me llamó y a gritos y, como pudo, me dio la dirección de Manolo. Su hijo no tenía el teléfono, pero sí sabía que se había mudado a una urbanización de la calle Embajadores, lo malo es que solo sabía el portal, pero no el piso ni la letra, solo el nombre y tampoco el apellido. iVaya por Dios! Bueno, malo será que los conserjes o algún vecino no supieran algo de un tan Manolo y su mujer Olivia. Pero los conserjes no tenían ni idea porque pertenecían a una compañía de seguridad que había conseguido el contrato hacía tan sólo unos meses. ¿Cómo iba a ponerme a preguntar por ellos en una urbanización en la que vivían 500 personas?

Con el consentimiento de uno de los guardias y armada de paciencia decidí ir preguntando a puerta fría a cada uno de los vecinos del portal. Los de primero no estaban, los del segundo no abrían, los del tercero no conocían a nadie, hasta que los del quinto me dieron una clave. Manolo había muerto hace unos años y su mujer se había ido a vivir con su hijo pequeño a un pisito en Aluche, pero no sabían exactamente dónde. "¿y no  saben de nadie que les conociera?" Nada. Volvía a estar en el punto de salida. ¡Qué decepción!

Ya cuando me iba a despedir de los conserjes apareció de la nada un guardia mayor que llevaba en la finca desde hacía diez años y que sí conocía a Olivia, la mujer de Manolo, y tenía su dirección. ¡¡Menuda suerte!! Iba a poder localizarla. Después de la muerte de su marido y de vender la fábrica de pan, seguro que no le apetecía seguir viviendo en su casa ni su vecindario de toda la vida, así que decidió cruzarse Madrid e instalarse en el barrio de la Concepción. Allí parece ser que vivía con su hijo Carlos, el hermano de Susana, que era igual de dicharachero que ella y tenía una especial complicidad con su hermana.

Ese día me puse mi mejor vaquero y una camisetita de fiesta. Quería que Ignacio y Susana me vieran mona. No sabía cómo les iba a decir lo de mi marido; iba a ser duro, pero estoy segura de que todo fluiría con normalidad. Cuando llegué a la puerta del piso de su madre me extrañó no ver ningún felpudo, pero nunca se sabe, a veces lo quitamos para lavarlo o cambiarlo y luego se nos olvida. Subí directamente a la casa porque me había abierto una vecina y enseguida me planté en el tercer piso. Allí se supone que me dirían por fin dónde vivían Susana e Ignacio; igual no muy  lejos, ella decía que estaba muy unida a su madre y le gustaba mucho charlar con ella.

Llamé, llamé y llamé pero nadie me abrió, después de 30 minutos llamando y esperando por si oía algún ruido o venían por las escaleras, me di cuenta de que me había precipitado. Igual no venían hasta por la noche. Bueno, esperaría, no tenía ninguna prisa. Mejor dicho, empezaba a tenerla, empezaba a desvanecerse el encantamiento en el que había vivido todos estos días y empezaba a sospechar que quizás todo esto de la búsqueda y el reencuentro era una gilipollez. ¿Y si no se acordaban de mí? ¿Y si no les apetecía verme? Lo cierto es que en diez años no habían mostrado interés en localizarnos, ¿por qué ahora tenía que llegar yo y les tenía que interesar mi vida anodina?

No puede ser

En ese momento, la puerta de al lado se abrió, no del todo, tenía la cadena puesta, claro.

-"¿Quién es?" dijo alguien con acento del este.

"¿Y a usted que mierda le importa? Estuve a punto de contestar yo, pero contesté en un tono borde al máximo: "Estoy preguntando por el vecino del A".

-       "¿La señora Olivia?" dijo.

-       "Pues sí" No te digo, encima cotilla.

-       "La señora Olivia murió, pobrecita".

-       “¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué?” Pregunté, sin darme cuenta de que eran demasiadas preguntas para un desconocido.

-       "Murió al día siguiente de fallecer su hija Susana. Fue una tragedia"

No sé cómo ni por qué de repente me encontré en la Gran Vía al lado del teatro Coliseum mirando sin ver las carteleras del espectáculo teatral. No veía bien porque me nublaban la vista unos enormes lagrimones que se deslizaban hasta la barbilla y me manchaban los zapatos. Algunos espectadores que salían del teatro riéndose se me quedaron mirando, pensando algunos, por un momento, que igual mi performance formaba parte de la obra.

Esa misma noche volví a León. No sabía qué más tenía que hacer allí, después de todo ese tiempo parece que lo que más me dolía es que no hubiéramos podido volver a vernos, no que Susana hubiera muerto. ¡Qué egoísta es el ser humano! Tres meses después volví a Madrid y llamé directamente al vecino que resultó ser un señor encantador con el que había intimado la familia de Susana y que mantenía relación con Carlos, su  hermano. "Él se fue a Alicante, se quedó muy triste y como no tenía trabajo decidió irse lejos". Era demasiado, no podía ir a Alicante a buscarle, pero sí podría encontrar a Ignacio y charlar un poco con él. A saber dónde se había ido a vivir.

-          "Está en Rusia, pero volverá esta semana, vive en el 5º A, justo aquí encima".

El El encuentro

Una semana después Ignacio y yo nos abrazábamos por fin, le había llamado antes  a través de su vecino que resultó ser ruso y gran amigo de Ignacio también.

Fuimos a comer y a recorrer el barrio, los bares y zonas por donde solíais pasear los dos juntos y disfrutar de la vida. Recordaste cómo en una pesadilla el día que murió Susana, no tuviste tiempo de despedirte de ella, pero al menos pudiste agarrarle la mano y transmitirle una mirada de tranquilidad y amor en ese breve instante de consciencia en el hospital.

Aún no sabes si los días siguientes fueron reales o fruto de lo que parecía una interminable pesadilla en la que continuamente te preguntabas para tus adentros, "pero, ¿lo que está pasando es verdad?" Es verdad que incineraron a Susana un calurosísimo día de agosto, el mismo día del cumpleaños de Pilar, una de tus amigas. Uno de esos días en los que no queda nadie en Madrid en el que todo parece estar en servicios mínimos.

Desde el cementerio os fuisteis a tomar algo a la placita del barrio de la Concepción donde tantas veces habíais tomado el aperitivo y allí contaste a los pocos amigos que habían podido acercarse a tiempo para despedirse de ella que Ryanair te exigía un certificado de defunción para devolverte el dinero por los billetes a Bulgaria. "Es una broma, ¿no?" Les preguntaste.

Pero en el mundo de los negocios no hay muertes ni sentimientos que valgan. Os ibais a Sofía, a respirar aire puro y a tomar el fresco a uno de esos pocos países que todavía no estaba tomado por el turismo. Pero no pudo ser.

Lo más doloroso fue volver a casa después de su incineración y la de su madre y descubrir que todo seguía como lo había dejado ella. Allí estaba el bote del champú abierto, sus zapatillas en medio del salón, la chaqueta a medio colgar, la bandeja de fresas medio abierta y su olor, el olor de Susana en toda la casa y en todas sus prendas.

Antes de volver a León decidí acercarme al mercadito de Ciudad Lineal para conocer el despachito de pan donde Susana trabajaba los últimos tiempos. Era chiquitito, pero a pie de calle y allí ella pasaba las horas atendiendo y hablando con sus vecinos. Pocos meses después, esa pequeña tienda cerraría para siempre y unos años más tarde el propio mercado desaparecía en la crisis de la pandemia. Ya no quedaba nada que recordara tu paso por este mundo Susana.

Sin embargo, dicen que los nuestros no mueren si los seguimos recordando y así será mientras los tuyos sigan viviendo.

  Hasta siempre amiga

 

(Relato escrito en el nombre de Pilar)

 

domingo, 22 de septiembre de 2019

Camino Venecia

Agosto 2019



Con el horizonte puesto en la inigualable Venecia partimos de Madrid, no sin antes recoger nuestro dispositivo Vía T, para poder cruzar las autopistas de los países vecinos sin tener que guardar colas kilométricas. Primero hicimos una parada técnica para dormir en Lleida, una ciudad dividida en dos por una amplia avenida o paseo que conecta ambas zonas de la ciudad. En la parte de arriba están los bares y terrazas de los leridanos de toda la vida, mientras que en la zona baja conviven los catalanes indepes con los nuevos ciudadanos inmigrantes procedentes del norte de Africa. Cenamos en un sitio muy cuco, quizás uno de los mejores de todo nuestro viaje. A recordar las patatas pajita bravas, ¡¡estaban muy ricas!! 

Al día siguiente, partimos más a menos prontito para tomar carretera y manta hacia Girona y luego ¡La France! Otra visión de la ciudad de Puigdemont, esta vez de día, para poder admirar la escalinata de la catedral y los edificios góticos y renacentistas de la ciudad más bonita de Cataluña, con permiso de Barcelona. Calor, calor y más calor para que nos fuéramos preparando a lo que nos esperaba. A media mañana tomamos camino hacia Francia, hacia Colliure, el pueblo donde dio con su cuerpo y alma dolorida Antonio Machado huyendo de la guerra y del franquismo. 


Colliure

"Y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar". Así reza la leyenda que aparece en su tumba, en un pequeñito cementerio de la coqueta Colliure, una ciudad de vacaciones donde veranea la burguesía local y adonde también llegamos algunos concienciados republicanos españoles. Mamá, puse la bandera republicana y recordé a todos los ciudadanos españoles que lucharon por la libertad y por los derechos de todos los españoles durante la dictadura y a los que tanto debemos. Nunca podrán recompensarte por tu vida perdida. 



Nuestro hotel estaba ya en Port Vendres y daba a una calita empedrada pero exclusiva donde apenas había bañistas extranjeros. Como todas las ciudades de la Costa Azul, los restaurantes, las calles, las tiendas tienen el sabor refinado del país vecino y cierta atmósfera parisina impregnada en el aire que forma parte de charme y la grandeur francesa.

Es fácil imaginar cómo disfrutaban las vacaciones de antaño las familias de franceses de clase alta que venían a Colliure a tomar baños de mar y a emborracharse con el aire marinero. Allí sentados, como detenidos en el tiempo, saboreaban un café expreso mientras echaban un vistazo a los grandes periódicos en formato sábana de la época. Revivir, rememorar esos momentos a través de experiencias inmersivas quizás sea lo que buscamos todos los turistas de medio pelo que viajamos por el mundo a la búsqueda de la aventura imposible de experimentar. Con nuestras fotos instantáneas queremos inmortalizar el momento, capturar la atmósfera, atrapar el aire, experimentar un flashback dificíl de revivir en este mundo líquido que se nos escapa de las manos.

Al día siguiente, después de visitar la tumba de Antonio Machado realizamos nuestro particular homenaje a los refugiados españoles que ocuparon las playas de Argeles-sur-Mer, cerca de donde nosotros estuvimos persiguiendo esquivos bancos de pececitos plateados y disfrutando del tradicional día de playa. Muy cerca de nuestra playa estuvieron instalados los destartalados y gélidos barracones donde concentraron a familias enteras de exiliados que pasaron meses esperando convertirse en ciudadanos legales con identidad propia en tierra extraña. Sin dinero, sin trabajo, sin patria, todos ellos afrontaron el desarraigo al igual que hoy lo hacen millones de personas que cruzan el Mediterráneo en patera huyendo del hambre, la guerra, las torturas, el dolor.

Este verano, que tanto hemos oído hablar del Open Arms, y de su titánica lucha contra para defender los derechos humanos, nosotros, los Alcoceba HIdalgo nos hemos dado unos baños de libertad en la tierra de la fraternité, egalité y liberté, adonde jamás pudieron llegar Men y Juan, ni Joaquín y Sole.

Los Calanques

Abandonamos Colliure y nos fuimos hacia Los Calanques, los arroyos y calas del parque natural pegado a Marsella y quizás la etapa más anodina de nuestro viaje. El primer vistazo a La Ciotat fue un tanto desolador, nuestro hotel estaba al lado del puerto donde una enorme grúa recibía a los turistas.


Camino de la playa recorrimos la que, en otro tiempo, debió ser la arteria principal de la pequeña urbe en el corazón de Los Calanques, una villa ahora reconvertida en centro vacacional de los habitantes de Marsella y de unos cuantos visitantes extranjeros despistados. Por la noche, el paseo marítimo estaba lleno de terrazas abarrotadas y jalonado de puestecitos similares a los que pueblan cualquier localidad de la costa española. 




Aunque en este viaje no dedicamos tiempo a visitar monumentos ni museos sí hubo uno que hubiera merecido la pena echarle un vistazo: el cine Edén, el primero en el que se proyectó una película, propiamente dicha: El viaje a la luna de los hermanos Lumiere. Camino de la playa por tarde habíamos pasado delante del desvencijado edificio del famoso cine en el que apenas reparamos, al igual que la estación de los Pompiers y la Gendarmerie abandonadas donde hacía años que nadie entraba.
  
La visita a uno de los Calanques a la mañana siguiente era obligada, sin embargo, no sabíamos que también lo era para los tropecientos mil turistas que nos encontramos en la pequeña cala pedregosa donde poner una toalla era tarea poco menos que imposible. Por la tarde, cumplimos con el ritual  y montamos en el barquito que recorre Los Calanques para comprobar que  las calas eran tan azules y divinas como anunciaban los carteles.

Como ya me imaginaba, para disfrutar realmente de esos picudos entrantes de mar transparentes es mejor ser millonario. Me imagino atracando con Mala vida mientras disfrutamos de una jornada marinera regada con un buen caldo gallego o francés, es igual, y aderezada por baños de mar mientras sesteamos en las colchonetas de colores. ¡¡Qué mal viven los pobres!!

Por la noche volvimos a pasear por los puestecitos de la avenida principal y comprobamos una vez más el mal servicio de la hostelería francesa. Dimos con uno de los peores restaurantes de toda la costa francesa: el Red Lyon. Después de 45 minutos de espera aderezados con alguna de las nuestras tradicionales discusiones, decidimos dar portazo y largarnos al grito de "la adittion, la adittion". Si no fuera por lo enfadados que estábamos con ellos, hubiera sido un momento dulce, de esos que todos queremos vivir en la vida: “Por favor, tráiganos la cuenta, tienen ustedes un servicio pésimo". 

Cinque Terre

Después de una noche catártica pusimos rumbo hacia la Liguria italiana, la región montañosa del noroeste del país donde se concentra la mayor renta per capita de Italia y que alberga pequeños paraísos costeros como la coqueta región de Cinque Terre. Uno de los grandes descubrimientos del viaje fue el pequeño hotelito, escondido en la montaña, donde pasamos dos noches reparadoras. Alejado del ruidoso Levanto y los otros pueblos abarrotados de turistas, la casita estaba muy cuidada y nos resultó sumamente acogedora, al igual que el restaurante y la terraza, cuidadas hasta en el detalle más ínfimo por parte de sus dueños.



Como ya nos habíamos imaginado el día anterior, la jornada que pasamos visitando Cinque Terre resultó agotadora, no sólo por el calor, sino también por las masas de turistas que inundaban las calles, los trenes, los bares, las calas, los restaurantes. La trivialización de cualquier experiencia y la continua búsqueda de la instantánea perfecta, acabaron con la posibilidad de experimentar cualquier momento mágico. Terminamos el día en la playita, disfrutando como locas con el pedalo que alquilamos a última hora y desde donde nos tiramos al mar una y mil veces.

Venecia

Al día siguiente volvimos a coger carretera y manta para dirigirnos por fin a la mítica Venecia, la ciudad que nunca defrauda. Humedad aplastante, mosquitos y cientos de canales nos recibieron en la ciudad literalmente tomada por los veraneantes, pero que lucha por mantener sus señas de identidad. Venecia nació para ser exhibida, cientos de artistas trabajaron años para engalanarla y convertirla en la ciudad más bella del mundo.

En medio de la laguna, la basílica bizantina, la plaza de San Marcos, el campanile, las góndolas, surgen como una ensoñación, un espejismo surgido de la niebla de los tiempos. 



Nuestro hotel de Venecia estaba muy bien ubicado, cerca de Rialto y al lado de La Fenice, el palacio de la ópera con más historia de Italia, con el permiso de La Scala de Milán. Buscando algo menos de bullicio nos adentramos en el barrio de Canareggio donde aún viven vecinos de toda la vida y señoras con sus carritos de la compra. Allí, a refugio del tumulto, encontramos la iglesia de La Madonna del Horto donde Tintoretto trabajó durante 30 años. En compañía de apenas una decena de turistas pudimos admirar los grandes murales de Tintoretto que anunciaban el juicio final. 

A la búsqueda de lo exclusivo, también intentamos subir la escalera de caracol del Palacio Contarini, escondido entre estrechas callejuelas ilocalizables, a pesar de la destreza de Almi para interpretar la errática señal de Google Maps. También visitamos la iglesia de Santa Maria del Miracoili, una obra maestra del Cuatrocento italiano y que parece un joyerito de mármol a lomos de dos islas unidas por los famosos punzones de madera. Después de dos días en Venecia, abandonamos la famosa laguna, esa que un día muy cercano se hundirá debajo de las aguas y que servirá para recordarnos la irresponsabilidad del ser humano. Menos de cincuenta años calculan los expertos.


Génova

Y vuelta a los Apeninos y a la caótica ciudad de Génova, donde nos esperaría una desagradable sorpresa. El hotelito que yo había reservado era una triste habitación en un edificio laberíntico con aspecto mugriento y peor presencia. Después de una discusión a gritos conseguimos otro hotel, pegado a la zona histórica de Génova, que visitaríamos al día siguiente. La última etapa de nuestro viaje fue el viaje en ferry desde Génova a Barcelona, una experiencia muy positiva, pero que al principio nos asustó un poco.

 Después de esperar lo que parecieron horas y horas bajo un sol de justicia, el ferry consiguió arrancar y salir mar adentro. Los tangerinos, como los llamaba Almi, ganaban por clara goleada a los italianos y españoles, casi inexistentes en el barco, durante la travesia nocturna. En el bar decorado al estilo años 70, un cantante y pianista nos amenizaron la velada con canciones magrebíes y  palmadotas contagiosas. De vuelta a nuestro minúsculo y viejuno camarote, comimos unos pequeños bocatines de nuestro famoso e infausto embutido e intentamos dormir, a pesar del frío, las apestosas mantas y el ruido del barco avanzando. ¡Nuestra primera noche en un barco, pero no la última!



Entramos en Barcelona muy lentamente, a 20 nudos por hora, lo que nos permitió disfrutar de la Ciudad Condal desde el agua y de paso confundir tres grandes torres eléctricas con la Sagrada Familia. Una visión muy diferente e icónica de BCN respecto a la del puente aéreo, cuándo lo único que se ve es el mar en picado y una pista de aterrizaje pegada a las zonas francas del Prat de Llobregat.

Desde el ferry tuvimos tiempo de reflexionar sobre la importancia de Europa para muchos de los viajeros, sobre lo mucho que tarda un barco en llegar a tierra, lo lejos que está Africa, lo estúpidos que son los motoristas pijos madrileños vestidos de cuero de arriba abajo, la cantidad de medusas que hay en el puerto, lo peligroso que es dejar a los hombres tangerinos a cargo de los niños juguetones con ganas de tirarse por la borda, lo llamativo de las ondas del mar a la hora de atracar. El desembarque, amarre, atraque, ancla, timón, travesía, nudos, ¡Qué bonito lenguaje! Tan diferente al de los aviones, los coches, los trenes o los autobuses.

Ya en casa, otra vez con Másmovil, Pedro Sánchez, Vox, Podemos, Catalunya, Torra, Puigdemont, la violencia doméstica, las autovías, la VíaT, Soria, Coruña, pero primero Navarra y Estella. Allí descansamos en un precioso hotel reconvertido y reinventado desde una fábrica de harina a un hotel constructivista de diseño. Vuelta a casa. 

viernes, 26 de julio de 2019

El arte del engaño


Mónica Hidalgo


Un relato nada edificante acerca de lo fácil que nos ha resultado tirar la toalla y vendernos al mejor postor

En las publicaciones sectoriales TI (y sospecho que en los otros sectores también) los directores de las publicaciones hace mucho tiempo que dejamos de ser periodistas para convertirnos en simples promotores de marcas sobre las que hacemos propuestas para vender acciones, eventos, webinars y todo tipo de iniciativas. Aunque nos henchimos como pavos al definirnos como periodistas, lo cierto es que nuestras publicaciones han dejado hace mucho tiempo de ser medios de comunicación e información para convertirse en meros vehículos publicitarios de nuestros anunciantes.

Antes los publirreportajes eran artículos excepcionales, que se diferenciaban claramente de las noticias y reportajes y se identificaban con la marca anunciante a través de logotipos u otro tipo de imágenes. A los periodistas no nos gustaba que aparecieran en la publicación porque denigraban el modelo de independencia y objetividad que promovíamos y siempre luchábamos frente a la empresa para identificarlos claramente frente a nuestros artículos, noticias y reportajes.

Ahora todas las revistas online y print del sector TI sin excepción están trufadas de branded contents, el anglicismo que se ha impuesto al  publirreportaje de toda la vida, que venden las bondades de las empresas pagadoras y en los que no se identifica en ningún momento la marca anunciante.
Esto quiere decir que el lector no sabe, aunque pueda sospecharlo, si un artículo es información o bien es una columna de opinión o publicidad de la marca. Y no lo sabrá nunca. 

En muchos casos los publirreportajes se disfrazan o camuflan como columnas o artículos de opinión firmadas por un experto del sector, cuando en realidad son contribuciones pagadas en la que se vende algún producto o servicio de la empresa en cuestión. La perversión es todavía mayor porque queremos colar como noticia objetiva un artículo pagado que simula ser una información sobre tendencias de negocio.

Al rico cohecho

Pero tenemos más pecados que expiar, me temo. Los cohechos existen desde tiempo inmemorial y todos los periodistas los aceptan sin rechistar porque consideran que son gestos de buena educación y respeto hacia los medios obviando las implicaciones de dicha aceptación. 

¡Qué majos! Decimos al unísono cuando nos mandan el consabido Roscón de Reyes, cesta de vinos, tarta, quesos delicatesen o emolumento que se precie.
Ahora, además del pago en especie, se suma el disfrute de experiencias de ocio inmersivas que nos permitan saborear al máximo nuestro preciado tiempo libre. Montar en globo, probar el túnel del aire, dormir en el hotel del terror, jugar en el escape room de La casa de papel, son sólo algunos de los apetitosos bocados con los que nos tientan los fabricantes y proveedores TIC para tenernos contentos. 

Eso por no hablar de los megaviajes de incentivos en los que hay tortas por conseguir una plaza. Bien es verdad, para ser totalmente sinceros, que también hay viajes express ida y vuelta a China en día y medio con exigencias imposibles, pero una cosa no justifica la otra. 
  

Maltratando, que es gerundio

“Esos tíos no ponen nada de dinero, los podemos golpear”. Es otra frase que se oye mucho en las redacciones y se refiere a la estrategia de 'maltratar' a una compañía que no es anunciante. Hablemos mal de esa empresa y a la vez simulemos ser grandes periodistas cubriendo una gran noticia. El objetivo en el fondo es: consigamos que se enfaden mucho, sepan el importante papel que tenemos como medio y consigamos que en el futuro nos pongan publicidad. ¡Ni más ni menos!

Es curioso porque recientemente he leído varios artículos de periodistas encumbrados del sector, es decir, los que trabajan en medios 'serios' de reconocido prestigio, no en pequeñas pymes que luchamos con dientes y uñas para sobrevivir sin la ayuda de multinacionales. Como decía, en uno de los últimos, un reconocido periodista de un medio económico, se jactaba de los varios premios que había recibido e incluso explicaba cuál era el que le había 'hecho más ilusión', como un Rafa Nadal cualquiera.

Conviene decir que los premios suelen concederlos las empresas anunciantes de esos medios, no un jurado profesional u otros periodistas, lo que ensombrece un poco esa la digna concesión de los galardones. 

Esos galardones se suelen repartir entre los periodistas con más relumbrón del sector, que trabajan en las secciones TI de grandes periódicos económicos y generalistas y que, a su vez,  ningunean a otros muchos de pequeñas editoriales. Estos últimos también se lo curran pero tienen menos recursos, menos tiempo y lo que es más importante, son mucho menos conocidos que las estrellas de los medios asentados. ¡Justicia poética para ellos, por favor!

Presiones y amenazas

En el artículo el susodicho periodista también aseguraba que 'jamás de los jamases' había sufrido presión alguna por parte de ninguna empresa y se había sentido libre a la hora de escribir sus artículos y crónicas. 

Igual tiene razón y los periodistas de grandes medios generalistas y económicos no reciben las presiones de los anunciantes, pero en las pequeñas editoriales que somos tan pocos y desarrollamos varias funciones, puedo asegurar que SÍ, que recibimos presiones, boicots y amenazas desde siempre y quien diga que no es así, miente. O practica la autocensura, que también es muy recurrida.

Por sistema no vamos a hablar mal de los anunciantes, a no ser que sea algo muy gordo, muy gordo y que  lo den también los grandes medios. No vamos a machacarles, no vaya a ser que se enfaden y nos retiren las migajas de publicidad que recibimos a cambio de estar a su entera y continua disposición y en genuflexión permanente.

¿Quieren un ejemplo? Este mismo año una gran multinacional, pero que muy grande y muy conocida, nos ha 'exigido' cambiar el titular de un artículo y noticia web porque era perjudicial para sus intereses y daba una imagen negativa de la empresa. ¿Quizás es que era falsa? No, pero no les había gustado. El director de comunicación y la agencia nos llamaron y regañaron por habernos excedido en nuestras atribuciones y por supuesto, nos amenazaron veladamente. “Parece mentira, con lo mucho que hacemos por vosotros”. 

La espada de Damocles siempre pendiendo sobre nuestras cabezas…Me pregunto si harían lo mismo cuando no les guste un titular de El País de El Economista o de Expansión. No sé por qué, pero me da que no.


Corren malos tiempos para los defensores del periodismo como garante de las libertades y estandarte para la búsqueda de la verdad. Y es que hoy más que nunca se cumple la famosa cita de Orwell: "Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas".  


lunes, 23 de julio de 2018

Grecia, el hogar de los Dioses



Grecia, el hogar de los dioses

Mónica Hidalgo

Los monasterios ortodoxos construidos en la cima de las montañas, el centro del mundo en Delfos, la bella Atenas devastada por la crisis, el mar Egeo a bordo de un ferry, las gaviotas anunciando tierra firme, la playa transparente, el queso feta, la musaka, el pastichio y las omnipresentes olivos, conforman parte de la realidad cotidiana de Grecia, un país tan cercano y tan lejano a la vez.

Una instantánea de Atenas: el cielo enmarañado por los cables de los tranvías con el Partenón al fondo y las tierras cerradas y garabateadas por grafitti revolucionarios, mientras los señores mayores charlan en los cafés y los jóvenes griegos, entre los que hay muchos repatriados e inmigrantes, pasan el tiempo muerto en las plazas hablando de su incierto futuro. 

Aunque el primer impacto de Atenas es el de una ciudad caótica con un tráfico infernal, el trayecto desde el aeropuerto mereció la pena gracias a la amena conversación que mantuvimos con el taxista, un ateniense maltrecho por la crisis y con un relato devastador de los ocho años transcurridos.

Según él, unos 4.000 griegos deciden todos los años acabar con su vida desesperados y arruinados ante la absoluta falta de expectativas. Las tragedias ideadas por Sófocles o Eurípides son una representación de la vida diaria en cualquier lugar de la bella Atenas, como la Plaza Omonia donde decenas de jóvenes desocupados y nuevos refugiados dejan pasar el tiempo mientras se toman uno de esos cafés cargadísimos que tanto gustan a los griegos. 

Los ninis por obligación pasan las horas mientras esperan que una racha de buena suerte les permita encontrar trabajo o salir del marasmo en el que viven. Apenas a dos cuadras de Omonia nace Exarquía, el barrio revolucionario de Grecia, que en su momento álgido, fue el epicentro mundial de las protestas contra las imposiciones de la troika y el Fondo Monetario Internacional.

La universidad empapelada de carteles y pancartas reinvindicativas y también de graffitis artísticos se ha convertido ya en un símbolo de la juventud griega y de su lucha contra los desmanes de la troika y el Gobierno, un triste rehén de las decisiones de la Unión Europea. En la Plaza Syntagma, además del cambio de guardia, resulta interesante también acercarse a la sede de la Unión Europea, que está en las inmediaciones. El cristal de la garita de seguridad está estallado por mil sitios a causa del impacto de las piedras de los manifestantes.

Atenas es una ciudad deliciosa y tranquila cuya parsimonia se rompe diariamente por el bullicio de más de 5.000 cruceristas que inundan las calles adyacentes a la Acrópolis y visitan sus monumentos como parte de un ritual millones de veces repetido para cumplir con las obligaciones de todo buen turista que se precie. ¿Cómo ir a Atenas y no visitar el Partenón? Sería una ignominia., pensarán algunos.

Quizás como buena europea del sur creo que se puede percibir el alma de Atenas sin necesidad de cumplir con la ortodoxia, solamente es necesario sentir su latido en alguna de sus pintadas, entrando en alguno de sus mercados o cafés o hablando con alguno de sus comerciantes. Grecia nos resulta cercana y cierta, todo lo contrario de otras muchas ciudades que desilusionan y defraudan desde su primera mirada. La melancolía de los griegos se transmite como un signo de identidad que a muchos sorprende en un país mediterráneo bañado por el sol y que, para los fríos europeos del norte, debería invitar a vivir en permanentes vacaciones.

Pero en Grecia nada resulta excesivamente alegre. En nuestro viaje hacia Meteora, en la Grecia meridional, pudimos comprobar cómo las carreteras, calles, caminos, pueblos y habitantes de Grecia parecen detenidos en el tiempo, en tranquila calma chicha.
 Todos los pueblos del interior resultan sorprendentemente parecidos, con casitas encaladas, bien pintadas y calles bien urbanizadas.

 A los españoles, acostumbrados como estamos a un urbanismo caótico fruto de la especulación de décadas, nos llaman la atención las dignas edificaciones y la uniformidad del paisaje de las poblaciones que vamos atravesando a través de una carretera interminable cuajada de rotondas.

En Meteora descubrimos otra Grecia, alejada de los grandes circuitos turísticos pero que resulta igualmente atractiva. Las grandes rocas coronadas por los monasterios bizantinos representan también el espíritu interior y la introversión de los griegos. Poco dados a grandes manifestaciones de afecto en público, los griegos se muestran mucho más introvertidos y tímidos que cualquier otro pueblo mediterráneo. 

Quizás están demasiado apesadumbrados por las tribulaciones económicas y en los últimos años tampoco han tenido muchos motivos para sentirse felices, pero el recogimiento interior se observa en muchos más gestos que parecen ancestrales.
Tampoco es que profundizáramos mucho en sus manifestaciones, pero la única procesión de semana santa que vimos en pleno Atenas era más silenciosa y tranquila que cualquiera de las que se celebran en cualquier pequeño pueblo de nuestro país. 

Las iglesias ortodoxas están llenas de frescos y velas, grandes velas que impregnan el ambiente y te sumergen en décadas de historia que retrotraen a los tiempos en que Grecia fue el centro del mundo.Y es que lo fue. Delfos, el hogar de los Dioses es un lugar paradisíaco siempre que no vayas en pleno verano. El anfiteatro y el precioso estadio merecen la pena disfrutarlos sin sentir que te estás abrasando, así que los excursionistas de agosto abstenerse, a no ser que vayan a las 5 de la mañana. 

El museo también es una pequeña perlita aislada del mundanal ruido donde deleitarse en la contemplación del. auriga en bronce encontrado en una de las laderas de la montaña y que constituye una de las piezas mejor conservadas en ese metal. 2.500 años tiene la escultura, ahí es nada.

Mención aparte merece la visita a cualquiera de las islas griegas que pueblan el mar Egeo. Aunque no fuimos a ninguna de las famosas, sí aprovechamos para visitar una islita cercana que nos sirvió para adentrarnos en el olor y sabor del mar Mediterráneo.  El pescado colgado en los tendederos de todos los restaurantes, sobre todo calamari y pulpo, y el contraste de las casas con el azul transparente del mar ,son algunas de los flashes más recordados por todos los turistas y visitantes de las islas. 

Tampoco es fácil olvidar la imagen de las gaviotas, esos pajaros reconvertidos en aves carroñeras que agarran en pleno vuelo el pan, cheetos o chuches de todo tipo que les ofrecen los turistas de los ferrys. 

La visita a Grecia es imprescindible para todos los viajeros que buscan nuevas experiencias en el Viejo Mundo. No se lo pierda

lunes, 3 de julio de 2017


Recuerdos de Coruña

Mónica Hidalgo

Llevabas aquel vestido verde descolorido y un cinturón muy fino a la cintura. También te habías puesto aquellos zapatos de rejilla que sólo usabas para salir por las tardes y acompañabas a juego el monedero marrón que sujetabas con tu mano derecha. Te encontré con la mirada cuando ya llevabas un rato llamándonos a Leila y a mí mientras el ardiente sol nos cegaba los ojos en el asfalto de La Solana. Estabas detrás de las rejas y al principio no te reconocí, nunca habías venido a vernos a la piscina a esas horas en las que siempre estabas en casa preparando la comida. Sonreías mucho y agitabas la mano intentando que te prestáramos atención y te reconociéramos.

Habías bajado por San Carlos y bordeado la carretera para dar un paseo y disfrutar de ese tercer día consecutivo con sol y con temperaturas por encima de los veinticinco grados. Hasta en casa se notaba el calor, no tanto como para prescindir de la manta en la cama pero sí por lo menos para estar en manga corta a lo largo de todo el día. No llevabas la chaqueta que yo a veces te había visto ponerte por la mañana con tan sólo un botón abrochado a la altura del cuello, como si estuviera anudada. Y tampoco te habías atrevido a quitarte las medias que te ajustabas con unas ligas marrones oscuras casi a la mitad del muslo. Lo sé porque al primer vistazo tenías las piernas bronceadas y tú color natural era el de la leche pura.

Tú nunca habías tomado el sol, alguna vez habías bajado a Riazor para acompañarnos pero te recuerdo con el vestido puesto y con los zapatos quitados como única concesión. Tampoco anduviste por la orilla, como hace ahora la mayoría de la gente, e incluso dudo mucho que alguna vez llegaras a tocar con tu mano el agua del mar ni a probar su sabor. El olor sí llegaste a hacerlo tuyo, te lo llevabas contigo cuando volvías a Madrid después de pasar el verano y ya no abandonaba tu ropa ni los armarios hasta que te volvías a ir. Por mucho que lavaras todo, siempre había alguna prenda que colgabas cuando sacabas de la maleta y permanecía allí latente, en espera, hasta que llegaba el mes de junio y la recuperabas. Y a lo largo de todo ese tiempo el resto de la ropa se contagiaba de ese olor tan a mar, y ya todo olía a ti. A Coruña.

Cuando volvíamos a Madrid, en aquellas largas tardes de domingo de invierno Leila y yo estábamos convencidas de que sólo estábamos haciendo tiempo para que volviera el verano y nos reencontráramos con Riazor. Y con sus diosas. Esas mujeres que cuando se levantaban de la toalla en la que tomaban el sol provocaban tal  turbación que lograban ralentizar el ritmo natural de la vida cotidiana. Cuando ellas hacían intención de incorporarse era como si el conjunto de los cuerpos celestes en movimiento se alinearan  y una extraña armonía metafísica contagiara a todos los allí presentes. Sus rítmicos y cadenciosos movimientos fris, fris, fris, fris, retumbaban en el aire como los tambores y timbales del final de una sinfonía mientras se alejaban en dirección a la orilla sin que un sólo grano de arena rozara siquiera sus portentosos tobillos.  Se ajustaban sus gorros de colores apresando la tira con el automático y se metían en el mar con determinación hasta que el agua les llegaba por debajo del pecho. Entonces, se impulsaban hacia delante y se sumergían en el agua con una brazada lenta, inacabable, a la que seguirían muchas más que harían que poco a poco desaparecieran en el firmamento.

Nadie sabía nunca si iban a ser capaces de volver. Nosotras tampoco sabíamos si íbamos a volver del ensoñamiento que sentíamos mientras dormitábamos encima de la arena. Recuerdo que tras tomar un baño vivificador nos tumbábamos en nuestras toallas playeras y notábamos como nos abandonábamos al deleite de nuestros sentidos concentrado en escuchar romper las olas, una y otra vez, cada vez mas lejanas, cada vez más cercanas. Ese ruido de fondo que a veces he intentado reproducir en alguna madrugada de insomnio y estimulada por el sonido similar que mis propias ondas cerebrales generan en mi oído medio. Un ruido constante, sordo y rítmico como el que también he sentido en pleno vuelo transoceánico cuando los motores del avión no están a plena potencia y todo el universo conocido dormita dentro de una enorme ballena de hierro y tornillos. El grito de un niño, el alarido de una abuela llamando a sus nietos o las voces que hasta entonces se oían lejanas nos devolvían a la realidad. Era como si de repente alguien nos chistara a todo volumen y nos impulsara a despertar. 

Pero eran muchos más los días que no salía el sol y que la mañana era para hacer recados a la tienda de Julio, a la carnicería o a la betanceira. Compra una docena de huevos, dos bollitos de pan ipasa, dos bolsas de leche, un kilo de melocotones y dos manojos de grelos. Esos días desayunábamos tranquilamente, sin prisas, mientras Chuchi terminaba de pintarse y arreglarse antes de ir a trabajar. Siempre se ponía la ropa interior y los zapatos y sólo después de pintarse y taparse la coronilla  por detrás en delicados e interminables movimientos, se ponía la falda y la blusa y aquel cinturón blanco o negro tan finito que iba a juego. Luego, como en un ritual evangélico que repetía indefectiblemente todos los días abría la ventana del comedor y decía ”Arrolla” y acompañaba su predicción con las inevitables previsiones del tiempo que variaban en función de si el edificio de Correos estaba despejado o no. “A la una abre así que preparad las cosas para ir a la piscina” decía antes de irse y de pedirle a la bueli  que ventilara un poco la casa: “Manolita, abre un poco detrás antes de que llueva más”.

 Después yo bajaba a Julio que en su lenguaje indescifrable me preguntaba que quería mientras le gritaba a Ofelia que dejara de hablar y atendiera a las clientas. Ella le contestaba también con toda la potencia de su voz de pito a la vez que te dedicaba la mejor de sus sonrisas y me volvía a preguntar: “¿qué quieres neniña?  Después de dejar colar a la vecina de enfrente, que siempre bajaba en bata y zapatillas y tenía aquella niña rubita tan delgadita, por fin me hacía entender en medio del guirigay de gritos y volvía a casa a dejar la fruta y la verdura antes de acercarme a Teresa, la carnicera aquella que me resultaba tan siniestra. Siempre me llamó la atención que en esa tienda nunca estuviera el género expuesto y que cada vez que le pedías dos filetes abriera la puerta de la cámara y tardara una eternidad en salir con un trozo de carne de vaca roja. “Ésta es aguja, de la que le gusta a tu tía” me decía mientras le hacía un corte imposible a la pieza y luego intentaba arreglarlo mazando los pobres filetes con una piedra roma. Al cabo de los años me enteré de que la habían encontrado muerta en su casa después de varios días sin que nadie supiera nada de ella. Estoy segura de que se había quedado encerrada en la cámara de frío acompañada por las cabezas de vaca y de cordero y los trozos de carne de aguja.

Esos largos días no perdonábamos la sesión vespertina de telenovela, con su carta de ajuste incluida, que nos servía para amodorrarnos un poco en el sofacito del salón mientras la bueli ojeaba el periódico y Chuchi se echaba la siesta. El conde de Montecristo fue una de las series que más recuerdo, probablemente porque la estancia en la cárcel del susodicho se hacía interminable. Pasaban capítulos y capítulos y aquel señor con barba canosa seguía escribiendo a la vela de un candil y alimentando odios imposibles mientras nosotras nos tomábamos una copita de Malaga Virgen a la salud de las causas perdidas. Tras la aparición de la carta de ajuste y el obligado descanso de la tele yo dedicaba las dos siguientes horas a probarme por enésima vez los zapatos de chuchi y los collares y pendientes de colores que guardaba en el joyerito de toda la vida. Después de rezongar un poco en el sofá, la bueli –que nunca se echaba  la hora de la siesta- empezaba a arreglarse para salir a la coca-cola.

Daba igual que lloviera o granizara, seguro que durante un ratito se calmaba y podíamos desfogarnos un poco haciendo el burro. En los días buenos, y siempre que hubiera algún mayor que se hiciera cargo de nosotros y sino también, íbamos hasta los jardines de Méndez Núñez y probábamos a saltar la fuente sin mojarnos o a escalar por el empedrado inventando rutas imposibles y arriesgadas. Todavía guardo en mi memoria como en una foto fija, el momento en que sentí que no tenía sujeción posible y que mi única alternativa era caerme desde una altura de casi dos pisos. En el último momento alguien me sujetó desde detrás y conseguimos volver a zona segura, donde no había peligro posible. Yo siempre quise emular a los chicos del grupo y colocarme a su altura: si los primos de Merchi saltaban la fuente, yo no iba a ser menos. Si los chicos del parque del S-11 lograban el más difícil todavía en una gimkana complicadísima yo no les iba a la zaga. Un día Chuchi me restregó con el scotch-brite por las rodillas creyendo que ese color amoratado era de suciedad y no de los golpes que me daba.

Era feliz, disfrutaba cada minuto del día con total intensidad, sin miedo de nada ni ante nada. Hubo incluso momentos de delirio colectivo, como el día aquel en que las madres y las abuelas se olvidaron de la hora y todos los niños sentimos que vivíamos un momento especial mientras se encendían las primeras luces de las farolas y la oscuridad nos iba envolviendo. Con los ojos brillantes y las risas nerviosas empezamos a cantar cada vez más alto y a saltar y a brincar a un ritmo desenfrenado y delirante en una especie de ritual festivo-catártico que nos hizo entrar en comunión los unos con los otros. Una unión que perdura hoy con mis amigos que, a su vez, lo fueron alguna vez de las Merchis y Patricias, a las que, por ironías del destino, apenas he vuelto a ver.

Otros días Al se empeñaba en adiestrarnos en la práctica del deporte, tarea vana para Leila que nunca se sintió tentada por el footing, jogging o cualquier otra especialidad que implicara mover el culo un poco más de lo normal. Yo, sin embargo, quería estar a su altura, y aunque sospecho que él no se daba cuenta, me esforzaba por correr, saltar y brincar para no defraudarle. Aunque se me saliera el pecho por la boca si era necesario. Para eso Helen era mucho más lista, ella nos esperaba en el S-11 tomando una cañeja y una tapa de tortilla tan tranquila sin necesidad de pasar por ese martirio chino. ¡¡Menos mal que me dieron el relevo Raúl y Diego!!




(A  mi abuela y a mi tía Chuchi a las que debo una infancia feliz)


viernes, 19 de mayo de 2017

Tardes de cine con Men



La guerra de los Rose y Los amigos de Peter fueron las dos últimas películas que vieron Leila y Men. La primera la vi con Lei y Fatima en un cine de la Gran Víaque ahora se ha reconvertido en teatro de musicales y que en aquella época tenía unas butacas incomodísimas. La segunda la vio mamá en uno de los cines de la calle Goya, hoy cerrados y reabiertos como Bershkas, Zaras o H&M, en la última temporada de su vida, cuando parecía resucitar después de tres años en penumbras. Se llegó a comprar unos zapatos que nunca llegó a estrenar y que se quería poner los sábados por la tarde cuando iba a ver una película ella sola.

Sí, iba al cine. Ella sola. Estaba contenta, volvía a cantar canciones de su propia cosecha que yo ahora les canto a las niñas y que Alco se sabe de memoria. Y yo sabía que estaba mejor y más recuperada porque iba al cine. Una de sus grandes pasiones, igual que la mía. Hubo una semana santa –de esas largas de estudiante- en la que vimos películas todos los días. Todavía vivía Gustavo con nosotras y él también era un gran cinéfilo. Bueno, todo en la medida de nuestras posibilidades porque no había video ni grandes estrenos, ni siquiera había salas en versión original subtitulada y nos conformábamos con ir a los estrenos del barrio de Salamanca, que era lo que nos pillaba más cerca.

A Men le gustaba  porque le hacía soñar y sentir que su vida podría ser el espejo de otras similares o mejor que la que tenía, al menos. Por eso quiso inventarse otra existencia a la que no estaba destinada y se negaba a asumir que debía conformarse con ser funcionaria y cuidar de sus hijas. Quería más. Quería el amor y viajar y cenar e ir al cine. Fue cuando empezó a frecuentar a los círculos de exiliados argentinos que resultaban mucho más atractivos e interesantes que el teniente coronel aquel con obesidad mórbida que le tiraba los tejos y era el que más comía en los guateques del cuartel. Fueron años duros. Día sí día también tenía un funeral en el patio del ministerio y podía oír los gritos de odio de los jóvenes cachorros fascistas, que tanto hicieron peligrar la frágil democracia.

Recuerdo cuando se celebraron las primeras elecciones sindicales libres para civiles de la administración militar con Men como número dos de la lista de Comisiones. Tuvieron que aguantar insultos, amenazas –un coronel llegó a decirle a otro “camarada” que le iba a meter un tiro- pero al final consiguieron vencer, y no sólo ganaron a UGT y al CSIF sino también a los franquistas y antidemócratas. Hay que agradecer a todos esos hombres y mujeres su valor para transformar un país que salía de cuatro décadas de oscuridad  e intransigencia y que se jugaron el tipo y hasta la vida para, por ejemplo, rendir un merecidísimo homenaje a la Pasionaria en una manifestación espontánea y catártica que anegó las calles de riadas de gente.

Entre ellos y en primera fila siempre estaba Men, que participó en todas cuantas manifestaciones se celebraron y en todos los movimientos sociales, políticos y sindicales. Sí, porque bien está que perteneciera al Partido Comunista y que fuera representante sindical, ¿pero era necesario también que militara en el Partido Feminista? Además, para que luego ella misma reconociera que no le convencían mucho aquellas mujeres que dedicaban las reuniones a colocarse un espejo en la vagina para reconocerse todo su aparato genital “y aprender a amarlo”. Estaba segura de que todas eran lesbianas, algo con lo que Men no comulgaba. Moderna sí, pero no tanto. 
Y después de tanta lucha todo estuvo a punto de irse al traste la noche del 23-F. Ese día ibas al psiquiatra del hospital militar pero yo te pedí que me comprara una tobillera en la farmacia porque me había hecho daño en baloncesto. Unos minutos después aporreaba la puerta gritando algo de “golpe, golpe”. Sí, no des tantos golpes, le dije yo mientras pasaba a mi lado como una exhalación farfullando algo de la radio y la tele. Pusimos una emisora, la primera que encontré y sonó una especie de chunda, chunda que le puso a Men los pelos de punta.

Una marcha militar. ¡Ya están en la radio! dijo, mientras yo seguía alucinando. Unos guardias civiles, comandados por un tal Tejero habían entrado a tiros en el Congreso y querían imponer un estado de excepción. Lo que pasaba era muy grave, pero para mí era como una aventura que estaba viviendo con Men.  Ella llamó a Gustavo que estaba en Fotrón y le dijo que viniera a casa mientras buscaba su pasaporte. Increíblemente estaba muy serena, sabía que eso podía suceder y ahora lo que quería era localizarnos a todos para luego tomar alguna decisión. Lei, que por aquel entonces vivía con la bueli y Ra, no había llegado a casa, pero ninguno nos preocupamos porque ella era tan despistada que seguro que estaba con alguna amiga y no se había enterado de nada.

 Cuando llegó Gustavo estaba desquiciado, se fue derecho al cuarto de baño a lavarse la cara mientras temblando repetía algo así como se acabó todo, ché, se acabó todo. En ese momento Men decidió que teníamos que irnos de casa porque podía haber represalias de los fascistas y había consignas dentro del partido para poner los pies en polvorosa. Yo todo lo viví como si estuviéramos rodando una película, era una descarga de adrelina total. ¡Qué inconsciente!

Nos fuimos a Fotron, que estaba en pleno barrio de Salamanca y allí decidimos esperar a ver qué pasaba. El teléfono echaba humo, Men hablaba como en clave con sus camaradas y musitaba algo de “quemarlos”, embajada de Cuba y cosas así.  Un poco más tarde y como las cosas parecía que estaban en calma me mando a comprar El País porque había lanzado una edición especial y quería tenerlo. Yo salí a la calle y me sentí en la piel de una intrépida reportera que, desafiando el peligro, cumple una arriesgada misión.

Cuando llegué al quiosco allí estaba el periódico, con un titular en portada a toda página que decía  ”El País con la democracia”. Fue un momento mágico, de comunión con el periodismo, con El País y con la democracia por la que tanto había luchado mi madre. Tenía trece años y en ese momento lo entendí todo y decidí que quería ser periodista. Cuando volvimos a casa porque las noticias eran más tranquilizadoras empecé a aporrear la olivetti portátil de Raquel para escribir mis primeras crónicas. Qué pena que no las guardara! Fueron mis primeros artículos. Eran sobre las diez y media y Lei acababa de llegar a casa de la bueli, no tenía ni idea de lo que había pasado esa tarde. ¡¡Pobre bueli, siempre sufriendo por nosotros!!

Pero vuelvo al cine y a aquellas Semanas Santas de estrenos. El hombre elefantefue otra de esas películas míticas que reflejaba por encima de toda la miseria humana y la incapacidad de solidarizarnos con nuestros semejantes. La vida del hombre elefante era terrible porque sus congéneres eran incapaces de soportar y compadecerse de su dolor y no tanto por sus deformidades y sufrimiento infinito. Esa escena en la que le pide a su protector que le deje morir es acongojante, cualquiera con un mínimo de sensibilidad sentía un nudo en la garganta cuando no una profunda vergüenza por reconocerse entre los que imprecaban a ese pobre hombre.

Fue el trabajo de la vida de John Hurt, que también estuvo impresionante como Calígula en Yo, Claudio, e incluso como compañero gay en esa película menor en la que compartía cartel con un Ryan O’Neal ya decrépito.  En esa semana santa también vimos Veredicto final, un drama judicial con un Paul Newman inspirado al que le daba la réplica una por entonces jovencísima Sally Field. Al cine Carlos III, que está en Colón, acudimos al estreno de Ghandi, una gran producción pelín pestiño dedicada por entero a ensalzar la figura histórica del Mahatma. Hay que reconocer el impresionante trabajo del actor indio, tanto es así que el imaginario colectivo le identifica con la figura del alma grande por encima del propio libertador de la India. Después de esas sesiones de cine nos íbamos a casa y Gustavo hacía una pizza artesanal riquísima que nos sabía a gloria. 
Durante esos años Men se empeñó en convertirse en la compañera sentimental argentina perfecta. Tanto es así que hasta un fontanero que vino a casa pensó que era una exiliada más. Su acento era el más porteño de todos, comía entraña, bebía mate, llevaba camisas color verde aceituna como el Ché e incluso llegó a fumar fortuna mentolado –puaf, qué asco- eso sí, sin tragarse el humo. No le iba lo del tabaco, lo suyo eran las cañas sociales y departir y charlar con los camaradas en el bar de Chelo. Qué sería de ellos, vendieron el bar, o mejor dicho, lo dejaron porque era un alquiler, y se dedicaron a la buena vida.

Allí, en ese bar, se reunía una generación rota de camaradas que inspiraban una enorme ternura y hasta cierta pena. Sus conversaciones a veces llegaban a ser delirantes e incluso hilarantes –dicho con el mayor de los respetos- por lo rocambolesco. Que aquellos compañeros (voy a usar la terminología marxista), algunos de ellos encarcelados, muchos perseguidos y todos ellos vapuleados por un régimen que había destruido todas sus esperanzas, se pusieran a discutir sobre el mayor o menor cumplimiento de la premisas marxistas del PC punto o del partido comunista auténtico,  resultaba enternecedor.

Para ellos era liberador, claro, que pudieran hablar abiertamente de sus ideas políticas  y jugar  a ser teóricos o revisionistas del marxismo. Era la oportunidad perdida de convertirse en los oradores y abanderados de todas aquellas revoluciones pendientes, las interiores y las universales, la de los proletarios y  los perdedores. Eran un cuadro desolador: Enrique, seis años en la cárcel, un hijo de un año muerto en accidente, cojo de las palizas y separado de Ana, la íntima amiga de Men, que murió de cáncer dos años antes; o la historia de Pepe Rubio, aquejado de esclerosis múltiple y abandonado por su mujer que a los cuarenta años decidió salir del armario.

También estaba Pepe el pequeñito, un hombre que equivocó su lugar y su tiempo, con una hija enganchada a las drogas y que siempre estuvo atormentado por sus dudas existenciales. Pero a pesar de eso, todos aquellos camaradas se tomaban la vida con humor y eran sarcásticos, irónicos, les gustaba hacer bromas y reírse, siempre reírse. Era el caso de Vicente, que a veces costaba incluso entenderle porque hablaba siempre de forma entrecortada como si permanentemente estuviera contando un chiste de Fernando Esteso . 

O Enrique que con aquella voz,  a medias entre Antonio Garisa y José Luis Col, siempre contaba alguna broma que a mamá  le costaba entender –su perpetua ingenuidad-. Yo creo que en el fondo y sabiendo que no iban a ser más que unos putos perdedores durante  toda su vida habían decidido tomárselo todo a broma y descojonarse de sí mismos.
           
Años después de que muriera Men, Wolfang Becker decidió recrear la película de su vida y la de ellos en la piel de una alemana oriental que entra en coma pocos días antes de la caída del muro. Men ya no era el benjamín del politburó, como yo la llamaba, pero seguía sin admitir la barbarie de Honecker y todos los regímenes comunistas que estaban cayendo. Aún tuviste tiempo de leer impreso en el dominical de El País la palabra Adiós para referirse a la Unión Soviética, pero ya te importó muy poco. Leila se había ido.

Su ideal había desaparecido, se desmoronaba al igual que había hecho su vida y de poco valieron los años de militancia. El socialismo se derrumbaba y Men prefirió no quedarte aquí para constatar el fin de sus sueños. Ni habíamos llegado a la igualdad, ni los parias de la tierra habían ganado, pero a ella ya no le importaba, Leila se había ido para siempre y Gustavo también. Atrás quedó su defensa enconada de los soviéticos cuando invadieron Afganistán y mi destierro durante varios días a casa de mi amiga Alicia porque pensaba que me había vendido al enemigo cuando puse en duda la buena fe de los camaradas soviéticos. Atrás también su irracional apoyo a la URSS cuando estalló Chernobil y decidiste creer que había sido un sabotaje de la CIA para acabar con la credibilidad del régimen. 
La última ocasión en que fue testigo de importantes acontecimientos de la historia fue la primera guerra del golfo, la primera contienda dramatizada de la historia gracias a Peter Arnett y la CNN, el nuevo gran hermano global junto con Google. Yo tenía varicela, que me había pegado Diego con cuatro añitos, y viví intensamente esos días de vino y rosas marchitas. El primer ataque de los iraquíes a Israel fui corriendo a su habitación a despertarte consciente de que ya nada la haría reaccionar, pero con la esperanza de que volviera a interesarse por la actualidad como siempre había hecho. Pero no lo hizo, hacía cinco meses que Leila había muerto.

Atrás quedaron aquellos fines de semana en los que delante de su taza de té y un curasan diseccionaba la actualidad política y social con Pueblo, Triunfo y luego El País, delante. Me acostumbré a ver la prensa en casa, a vivir con el periódico  como punto de referencia desde que era un mico. Es verdad que en mi casa nunca entró el Abc  ni diarios similares y por eso ahora considero antediluviano a La Razón, pero es que el integrismo de cualquier signo es perjudicial para la salud. Tan importante era el periódico y la actualidad que yo siempre sabía cuando Men volvía a entrar en una depresión profunda. La más larga, además de la de Lei, fue la que la dejó postrada en la cama durante un año cuando Gustavo la abandonó. 

Para ella no era su pérdida lo que más le dolía, estoy convencida, sino la definitiva pérdida del dulce pájaro de juventud. Ya jamás volvería a tener una oportunidad de sentirse viva –o al menos eso creía- y ahora sólo le quedaba su casa y sus hijas, cada vez más mayores y más alejadas de ella. De hecho Leila ya no vivía con nosotros, había preferido romper con su pasado e iniciar una nueva vida al lado de Pepe. No le quedó más remedio tampoco, como tampoco le quedó más remedio que casarse y recluirse en Vall de Uxó, un pueblo que no imagino más alejado tanto física como emocionalmente de su querida Coruña.

¿Por qué no te fuiste a Coruña Leila? La relación con Pepe sólo duró uno o dos años, el tiempo en el que decidisteis iros a vivir a Vall de Uxó, después tú nunca volviste a ser feliz, o yo no lo vi. De todas formas, estoy convencida de que habrías vuelto a vivir con nosotras si la desgracia no te hubiera encontrado en aquella maldita curva a la salida de Viveiro. A veces imagino que al final te habrías convertido en enfermera y hubieras conseguido un trabajito aquí en Madrid, siempre con la vista puesta en Coruña adonde te marcharías por temporadas para tomar el aire de Riazor y emborracharte con su olor.

Men, sin embargo, jamás habría vuelto a Coruña, para ella hubiera sido como reconocer su derrota, perder un anonimato por el que tanto luchó en Madrid y agachar la cabeza frente a su madre, su hermana y su tía chuchi. Ella hubiera preferido vivir en Málaga, en La Carihuela, al borde de un mar domesticado y tranquilo con olor a pescaíto y a bronceador de zanahorias. Rodeada de ingleses y turistas de medio pelo y de media Europa que para ella simbolizaban la conquista de la libertad y que la trasladaban a un mundo mucho más amable y en eternas vacaciones en las que no debía enfrentarse al dolor de la vida cotidiana.


Para ella La Cari era el paraíso y Virgen de Lourdes el infierno. Para mí también lo era un poco, supongo que no contribuía nada el aspecto de mole inmensa y deshumanizada que tenía nuestra casa, múltiples veces premiada como edificio más feo de Europa y símbolo de urbanismo caótico y especulativo del tardofranquismo que perseguía enriquecer a unos cuantos a costa de los pobres inquilinos y esforzados propietarios.

En los últimos años de su vida, y antes de arrojar definitivamente la toalla, Men había desarrollado una paranoia contra la casa y todos sus vecinos que, decía, se habían confabulado para hacerle la vida imposible. Y la verdad es que las señoras de abajo eran un poco brujas, malvadas, chismosas y de mal talante, pero bien es verdad que soportaron varias inundaciones con consecuente caída de techo y enésima discusión a gritos, con insultos e improperios incluidos, para ver quién se hacía cargo de los costes.

La casa no ayudaba mucho, ya digo, por eso cuando vimos Qué he hecho yo para merecer esto, de Almodóvar, fue como si entrara un soplo de aire fresco por el salón y nos sintiéramos reconfortadas, tranquilas, comprendidas al fin. Y es que la, para mí, obra maestra de Pedro Almodóvar es una inconmesurable película con la que el cine español entra definitivamente por la puerta grande en el universo de los grandes mitos. Creo que pensábamos que no iba a ser más que una peliculita de un director un tanto transgresor, homosexual y rogelio. Suficiente para darle el primer visto bueno y por eso empezamos a ver la película sin tener ni puñetera idea de lo que nos íbamos a encontrar.

Y nos encontramos con nosotras mismas, con nuestra puta soledad reflejada, con nuestra desesperanza hecha carne en nuestra propia casa y en nuestro propio barrio. Y también nos encontramos con la libertad, con los deseos, con todo aquello por lo que habías luchado y con una bocanada de aire fresco que nos permitió inspirar muy fuerte y soltar el aire y gritar a los cuatro vientos que éramos libres y sentir que no estábamos solas.

Que al menos Almodóvar, Carmen maura, mis vecinas y hermanas Zaynab y Fátima, tus camaradas, mi amiga Alicia, tu amigo Pepe el pequeñito y dos o tres personas más nos querían y nos comprendían. Qué feliz fui esa noche! Jamás he vuelto a ver una película tan portentosa, innovadora, moderna y revolucionaria, jamás ninguna me acompañó tanto. Yo creía que el mundo era gris, negro, triste, y entonces me di cuenta de que no, que alguna gente había decidido que no, que se acabaron las telarañas  y se había tomado en serio la tarea  de pregonarlo a los cuatro vientos. Por eso, y por todo lo que simbolizas, gracias Pedro Almodóvar.

Y gracias también a Bernardo Bertolucci por rodar El último tanto en París, la película que supone un antes y un después en el cine de autor y que simboliza el fin de una época. El fin de la vieja Europa y el  inicio de una nueva etapa en la que yo me iba haciendo mayor. Esta película no es sólo el poema desgarrado de un hombre abandonado y traicionado que se hunde en el abismo y cree que puede autoinmolarse con la ayuda de una niña a la que quiera arrastrar a su propio infierno.

Es la crónica de una muerte anunciada hasta que la niña le insufla vida y le hace dudar y creer y sentir y en todo ese proceso vemos un París maravilloso como nadie será capaz de retratar nunca en el que destaca la luz cenital de la gran metrópoli europea. Símbolo de la decadencia de occidente, símbolo del declive de Europa frente a América. Símbolo del declive de Marlon Brando, insuperable, frente a los nuevos tiempos. Sin parangón el final en el que un hombre destruido descubre que su única posibilidad de salvación es ella. Pero ella no le conoce, no sabe su nombre, no sé quién es, no sé cómo se llama, repite una Maria Schneider a la que jamás he vuelto a ver en una película, lo que probablemente contribuye a agrandar el mito del último tango.

Pero antes de eso yo vi la película que cambió mi vida. La vi en el Carlton, en Manuel Becerra, y todavía degusto cada momento y cada instante de las tres veces que vi repetido superman en aquel cine de sesión continua en compañía de Men, Gustavo y Leila. Al final, en la tercera repetición sólo nos quedamos Gustavo y yo, porque éramos los más niños, los que más disfrutábamos del cine de aventuras, los que más agradecíamos transportarnos en el tiempo y el espacio a través de la máquina de regreso al futuro o cualquier a otra que nos evadiera durante unas horas del rollo diario. Con Superman todos vivíamos en Metrópolis, viajábamos en avión, dirigíamos periódicos, -yo, al menos- y sentíamos que podíamos volar y que a lo mejor algún día podríamos cumplir un sueño. El sueño de ser Clark Kent.


            Quizás porque olvidó darme sólo el adiós se niegan a creer que por siempre duerme ya, los hijos de ella evitan recordar. Anteayer cuentan que cuando fueron a acostarse la vieron regresar y les habló de amor y todos los relojes se pusieron a andar…