lunes, 3 de julio de 2017


Recuerdos de Coruña

Mónica Hidalgo

Llevabas aquel vestido verde descolorido y un cinturón muy fino a la cintura. También te habías puesto aquellos zapatos de rejilla que sólo usabas para salir por las tardes y acompañabas a juego el monedero marrón que sujetabas con tu mano derecha. Te encontré con la mirada cuando ya llevabas un rato llamándonos a Leila y a mí mientras el ardiente sol nos cegaba los ojos en el asfalto de La Solana. Estabas detrás de las rejas y al principio no te reconocí, nunca habías venido a vernos a la piscina a esas horas en las que siempre estabas en casa preparando la comida. Sonreías mucho y agitabas la mano intentando que te prestáramos atención y te reconociéramos.

Habías bajado por San Carlos y bordeado la carretera para dar un paseo y disfrutar de ese tercer día consecutivo con sol y con temperaturas por encima de los veinticinco grados. Hasta en casa se notaba el calor, no tanto como para prescindir de la manta en la cama pero sí por lo menos para estar en manga corta a lo largo de todo el día. No llevabas la chaqueta que yo a veces te había visto ponerte por la mañana con tan sólo un botón abrochado a la altura del cuello, como si estuviera anudada. Y tampoco te habías atrevido a quitarte las medias que te ajustabas con unas ligas marrones oscuras casi a la mitad del muslo. Lo sé porque al primer vistazo tenías las piernas bronceadas y tú color natural era el de la leche pura.

Tú nunca habías tomado el sol, alguna vez habías bajado a Riazor para acompañarnos pero te recuerdo con el vestido puesto y con los zapatos quitados como única concesión. Tampoco anduviste por la orilla, como hace ahora la mayoría de la gente, e incluso dudo mucho que alguna vez llegaras a tocar con tu mano el agua del mar ni a probar su sabor. El olor sí llegaste a hacerlo tuyo, te lo llevabas contigo cuando volvías a Madrid después de pasar el verano y ya no abandonaba tu ropa ni los armarios hasta que te volvías a ir. Por mucho que lavaras todo, siempre había alguna prenda que colgabas cuando sacabas de la maleta y permanecía allí latente, en espera, hasta que llegaba el mes de junio y la recuperabas. Y a lo largo de todo ese tiempo el resto de la ropa se contagiaba de ese olor tan a mar, y ya todo olía a ti. A Coruña.

Cuando volvíamos a Madrid, en aquellas largas tardes de domingo de invierno Leila y yo estábamos convencidas de que sólo estábamos haciendo tiempo para que volviera el verano y nos reencontráramos con Riazor. Y con sus diosas. Esas mujeres que cuando se levantaban de la toalla en la que tomaban el sol provocaban tal  turbación que lograban ralentizar el ritmo natural de la vida cotidiana. Cuando ellas hacían intención de incorporarse era como si el conjunto de los cuerpos celestes en movimiento se alinearan  y una extraña armonía metafísica contagiara a todos los allí presentes. Sus rítmicos y cadenciosos movimientos fris, fris, fris, fris, retumbaban en el aire como los tambores y timbales del final de una sinfonía mientras se alejaban en dirección a la orilla sin que un sólo grano de arena rozara siquiera sus portentosos tobillos.  Se ajustaban sus gorros de colores apresando la tira con el automático y se metían en el mar con determinación hasta que el agua les llegaba por debajo del pecho. Entonces, se impulsaban hacia delante y se sumergían en el agua con una brazada lenta, inacabable, a la que seguirían muchas más que harían que poco a poco desaparecieran en el firmamento.

Nadie sabía nunca si iban a ser capaces de volver. Nosotras tampoco sabíamos si íbamos a volver del ensoñamiento que sentíamos mientras dormitábamos encima de la arena. Recuerdo que tras tomar un baño vivificador nos tumbábamos en nuestras toallas playeras y notábamos como nos abandonábamos al deleite de nuestros sentidos concentrado en escuchar romper las olas, una y otra vez, cada vez mas lejanas, cada vez más cercanas. Ese ruido de fondo que a veces he intentado reproducir en alguna madrugada de insomnio y estimulada por el sonido similar que mis propias ondas cerebrales generan en mi oído medio. Un ruido constante, sordo y rítmico como el que también he sentido en pleno vuelo transoceánico cuando los motores del avión no están a plena potencia y todo el universo conocido dormita dentro de una enorme ballena de hierro y tornillos. El grito de un niño, el alarido de una abuela llamando a sus nietos o las voces que hasta entonces se oían lejanas nos devolvían a la realidad. Era como si de repente alguien nos chistara a todo volumen y nos impulsara a despertar. 

Pero eran muchos más los días que no salía el sol y que la mañana era para hacer recados a la tienda de Julio, a la carnicería o a la betanceira. Compra una docena de huevos, dos bollitos de pan ipasa, dos bolsas de leche, un kilo de melocotones y dos manojos de grelos. Esos días desayunábamos tranquilamente, sin prisas, mientras Chuchi terminaba de pintarse y arreglarse antes de ir a trabajar. Siempre se ponía la ropa interior y los zapatos y sólo después de pintarse y taparse la coronilla  por detrás en delicados e interminables movimientos, se ponía la falda y la blusa y aquel cinturón blanco o negro tan finito que iba a juego. Luego, como en un ritual evangélico que repetía indefectiblemente todos los días abría la ventana del comedor y decía ”Arrolla” y acompañaba su predicción con las inevitables previsiones del tiempo que variaban en función de si el edificio de Correos estaba despejado o no. “A la una abre así que preparad las cosas para ir a la piscina” decía antes de irse y de pedirle a la bueli  que ventilara un poco la casa: “Manolita, abre un poco detrás antes de que llueva más”.

 Después yo bajaba a Julio que en su lenguaje indescifrable me preguntaba que quería mientras le gritaba a Ofelia que dejara de hablar y atendiera a las clientas. Ella le contestaba también con toda la potencia de su voz de pito a la vez que te dedicaba la mejor de sus sonrisas y me volvía a preguntar: “¿qué quieres neniña?  Después de dejar colar a la vecina de enfrente, que siempre bajaba en bata y zapatillas y tenía aquella niña rubita tan delgadita, por fin me hacía entender en medio del guirigay de gritos y volvía a casa a dejar la fruta y la verdura antes de acercarme a Teresa, la carnicera aquella que me resultaba tan siniestra. Siempre me llamó la atención que en esa tienda nunca estuviera el género expuesto y que cada vez que le pedías dos filetes abriera la puerta de la cámara y tardara una eternidad en salir con un trozo de carne de vaca roja. “Ésta es aguja, de la que le gusta a tu tía” me decía mientras le hacía un corte imposible a la pieza y luego intentaba arreglarlo mazando los pobres filetes con una piedra roma. Al cabo de los años me enteré de que la habían encontrado muerta en su casa después de varios días sin que nadie supiera nada de ella. Estoy segura de que se había quedado encerrada en la cámara de frío acompañada por las cabezas de vaca y de cordero y los trozos de carne de aguja.

Esos largos días no perdonábamos la sesión vespertina de telenovela, con su carta de ajuste incluida, que nos servía para amodorrarnos un poco en el sofacito del salón mientras la bueli ojeaba el periódico y Chuchi se echaba la siesta. El conde de Montecristo fue una de las series que más recuerdo, probablemente porque la estancia en la cárcel del susodicho se hacía interminable. Pasaban capítulos y capítulos y aquel señor con barba canosa seguía escribiendo a la vela de un candil y alimentando odios imposibles mientras nosotras nos tomábamos una copita de Malaga Virgen a la salud de las causas perdidas. Tras la aparición de la carta de ajuste y el obligado descanso de la tele yo dedicaba las dos siguientes horas a probarme por enésima vez los zapatos de chuchi y los collares y pendientes de colores que guardaba en el joyerito de toda la vida. Después de rezongar un poco en el sofá, la bueli –que nunca se echaba  la hora de la siesta- empezaba a arreglarse para salir a la coca-cola.

Daba igual que lloviera o granizara, seguro que durante un ratito se calmaba y podíamos desfogarnos un poco haciendo el burro. En los días buenos, y siempre que hubiera algún mayor que se hiciera cargo de nosotros y sino también, íbamos hasta los jardines de Méndez Núñez y probábamos a saltar la fuente sin mojarnos o a escalar por el empedrado inventando rutas imposibles y arriesgadas. Todavía guardo en mi memoria como en una foto fija, el momento en que sentí que no tenía sujeción posible y que mi única alternativa era caerme desde una altura de casi dos pisos. En el último momento alguien me sujetó desde detrás y conseguimos volver a zona segura, donde no había peligro posible. Yo siempre quise emular a los chicos del grupo y colocarme a su altura: si los primos de Merchi saltaban la fuente, yo no iba a ser menos. Si los chicos del parque del S-11 lograban el más difícil todavía en una gimkana complicadísima yo no les iba a la zaga. Un día Chuchi me restregó con el scotch-brite por las rodillas creyendo que ese color amoratado era de suciedad y no de los golpes que me daba.

Era feliz, disfrutaba cada minuto del día con total intensidad, sin miedo de nada ni ante nada. Hubo incluso momentos de delirio colectivo, como el día aquel en que las madres y las abuelas se olvidaron de la hora y todos los niños sentimos que vivíamos un momento especial mientras se encendían las primeras luces de las farolas y la oscuridad nos iba envolviendo. Con los ojos brillantes y las risas nerviosas empezamos a cantar cada vez más alto y a saltar y a brincar a un ritmo desenfrenado y delirante en una especie de ritual festivo-catártico que nos hizo entrar en comunión los unos con los otros. Una unión que perdura hoy con mis amigos que, a su vez, lo fueron alguna vez de las Merchis y Patricias, a las que, por ironías del destino, apenas he vuelto a ver.

Otros días Al se empeñaba en adiestrarnos en la práctica del deporte, tarea vana para Leila que nunca se sintió tentada por el footing, jogging o cualquier otra especialidad que implicara mover el culo un poco más de lo normal. Yo, sin embargo, quería estar a su altura, y aunque sospecho que él no se daba cuenta, me esforzaba por correr, saltar y brincar para no defraudarle. Aunque se me saliera el pecho por la boca si era necesario. Para eso Helen era mucho más lista, ella nos esperaba en el S-11 tomando una cañeja y una tapa de tortilla tan tranquila sin necesidad de pasar por ese martirio chino. ¡¡Menos mal que me dieron el relevo Raúl y Diego!!




(A  mi abuela y a mi tía Chuchi a las que debo una infancia feliz)


viernes, 19 de mayo de 2017

Tardes de cine con Men



La guerra de los Rose y Los amigos de Peter fueron las dos últimas películas que vieron Leila y Men. La primera la vi con Lei y Fatima en un cine de la Gran Víaque ahora se ha reconvertido en teatro de musicales y que en aquella época tenía unas butacas incomodísimas. La segunda la vio mamá en uno de los cines de la calle Goya, hoy cerrados y reabiertos como Bershkas, Zaras o H&M, en la última temporada de su vida, cuando parecía resucitar después de tres años en penumbras. Se llegó a comprar unos zapatos que nunca llegó a estrenar y que se quería poner los sábados por la tarde cuando iba a ver una película ella sola.

Sí, iba al cine. Ella sola. Estaba contenta, volvía a cantar canciones de su propia cosecha que yo ahora les canto a las niñas y que Alco se sabe de memoria. Y yo sabía que estaba mejor y más recuperada porque iba al cine. Una de sus grandes pasiones, igual que la mía. Hubo una semana santa –de esas largas de estudiante- en la que vimos películas todos los días. Todavía vivía Gustavo con nosotras y él también era un gran cinéfilo. Bueno, todo en la medida de nuestras posibilidades porque no había video ni grandes estrenos, ni siquiera había salas en versión original subtitulada y nos conformábamos con ir a los estrenos del barrio de Salamanca, que era lo que nos pillaba más cerca.

A Men le gustaba  porque le hacía soñar y sentir que su vida podría ser el espejo de otras similares o mejor que la que tenía, al menos. Por eso quiso inventarse otra existencia a la que no estaba destinada y se negaba a asumir que debía conformarse con ser funcionaria y cuidar de sus hijas. Quería más. Quería el amor y viajar y cenar e ir al cine. Fue cuando empezó a frecuentar a los círculos de exiliados argentinos que resultaban mucho más atractivos e interesantes que el teniente coronel aquel con obesidad mórbida que le tiraba los tejos y era el que más comía en los guateques del cuartel. Fueron años duros. Día sí día también tenía un funeral en el patio del ministerio y podía oír los gritos de odio de los jóvenes cachorros fascistas, que tanto hicieron peligrar la frágil democracia.

Recuerdo cuando se celebraron las primeras elecciones sindicales libres para civiles de la administración militar con Men como número dos de la lista de Comisiones. Tuvieron que aguantar insultos, amenazas –un coronel llegó a decirle a otro “camarada” que le iba a meter un tiro- pero al final consiguieron vencer, y no sólo ganaron a UGT y al CSIF sino también a los franquistas y antidemócratas. Hay que agradecer a todos esos hombres y mujeres su valor para transformar un país que salía de cuatro décadas de oscuridad  e intransigencia y que se jugaron el tipo y hasta la vida para, por ejemplo, rendir un merecidísimo homenaje a la Pasionaria en una manifestación espontánea y catártica que anegó las calles de riadas de gente.

Entre ellos y en primera fila siempre estaba Men, que participó en todas cuantas manifestaciones se celebraron y en todos los movimientos sociales, políticos y sindicales. Sí, porque bien está que perteneciera al Partido Comunista y que fuera representante sindical, ¿pero era necesario también que militara en el Partido Feminista? Además, para que luego ella misma reconociera que no le convencían mucho aquellas mujeres que dedicaban las reuniones a colocarse un espejo en la vagina para reconocerse todo su aparato genital “y aprender a amarlo”. Estaba segura de que todas eran lesbianas, algo con lo que Men no comulgaba. Moderna sí, pero no tanto. 
Y después de tanta lucha todo estuvo a punto de irse al traste la noche del 23-F. Ese día ibas al psiquiatra del hospital militar pero yo te pedí que me comprara una tobillera en la farmacia porque me había hecho daño en baloncesto. Unos minutos después aporreaba la puerta gritando algo de “golpe, golpe”. Sí, no des tantos golpes, le dije yo mientras pasaba a mi lado como una exhalación farfullando algo de la radio y la tele. Pusimos una emisora, la primera que encontré y sonó una especie de chunda, chunda que le puso a Men los pelos de punta.

Una marcha militar. ¡Ya están en la radio! dijo, mientras yo seguía alucinando. Unos guardias civiles, comandados por un tal Tejero habían entrado a tiros en el Congreso y querían imponer un estado de excepción. Lo que pasaba era muy grave, pero para mí era como una aventura que estaba viviendo con Men.  Ella llamó a Gustavo que estaba en Fotrón y le dijo que viniera a casa mientras buscaba su pasaporte. Increíblemente estaba muy serena, sabía que eso podía suceder y ahora lo que quería era localizarnos a todos para luego tomar alguna decisión. Lei, que por aquel entonces vivía con la bueli y Ra, no había llegado a casa, pero ninguno nos preocupamos porque ella era tan despistada que seguro que estaba con alguna amiga y no se había enterado de nada.

 Cuando llegó Gustavo estaba desquiciado, se fue derecho al cuarto de baño a lavarse la cara mientras temblando repetía algo así como se acabó todo, ché, se acabó todo. En ese momento Men decidió que teníamos que irnos de casa porque podía haber represalias de los fascistas y había consignas dentro del partido para poner los pies en polvorosa. Yo todo lo viví como si estuviéramos rodando una película, era una descarga de adrelina total. ¡Qué inconsciente!

Nos fuimos a Fotron, que estaba en pleno barrio de Salamanca y allí decidimos esperar a ver qué pasaba. El teléfono echaba humo, Men hablaba como en clave con sus camaradas y musitaba algo de “quemarlos”, embajada de Cuba y cosas así.  Un poco más tarde y como las cosas parecía que estaban en calma me mando a comprar El País porque había lanzado una edición especial y quería tenerlo. Yo salí a la calle y me sentí en la piel de una intrépida reportera que, desafiando el peligro, cumple una arriesgada misión.

Cuando llegué al quiosco allí estaba el periódico, con un titular en portada a toda página que decía  ”El País con la democracia”. Fue un momento mágico, de comunión con el periodismo, con El País y con la democracia por la que tanto había luchado mi madre. Tenía trece años y en ese momento lo entendí todo y decidí que quería ser periodista. Cuando volvimos a casa porque las noticias eran más tranquilizadoras empecé a aporrear la olivetti portátil de Raquel para escribir mis primeras crónicas. Qué pena que no las guardara! Fueron mis primeros artículos. Eran sobre las diez y media y Lei acababa de llegar a casa de la bueli, no tenía ni idea de lo que había pasado esa tarde. ¡¡Pobre bueli, siempre sufriendo por nosotros!!

Pero vuelvo al cine y a aquellas Semanas Santas de estrenos. El hombre elefantefue otra de esas películas míticas que reflejaba por encima de toda la miseria humana y la incapacidad de solidarizarnos con nuestros semejantes. La vida del hombre elefante era terrible porque sus congéneres eran incapaces de soportar y compadecerse de su dolor y no tanto por sus deformidades y sufrimiento infinito. Esa escena en la que le pide a su protector que le deje morir es acongojante, cualquiera con un mínimo de sensibilidad sentía un nudo en la garganta cuando no una profunda vergüenza por reconocerse entre los que imprecaban a ese pobre hombre.

Fue el trabajo de la vida de John Hurt, que también estuvo impresionante como Calígula en Yo, Claudio, e incluso como compañero gay en esa película menor en la que compartía cartel con un Ryan O’Neal ya decrépito.  En esa semana santa también vimos Veredicto final, un drama judicial con un Paul Newman inspirado al que le daba la réplica una por entonces jovencísima Sally Field. Al cine Carlos III, que está en Colón, acudimos al estreno de Ghandi, una gran producción pelín pestiño dedicada por entero a ensalzar la figura histórica del Mahatma. Hay que reconocer el impresionante trabajo del actor indio, tanto es así que el imaginario colectivo le identifica con la figura del alma grande por encima del propio libertador de la India. Después de esas sesiones de cine nos íbamos a casa y Gustavo hacía una pizza artesanal riquísima que nos sabía a gloria. 
Durante esos años Men se empeñó en convertirse en la compañera sentimental argentina perfecta. Tanto es así que hasta un fontanero que vino a casa pensó que era una exiliada más. Su acento era el más porteño de todos, comía entraña, bebía mate, llevaba camisas color verde aceituna como el Ché e incluso llegó a fumar fortuna mentolado –puaf, qué asco- eso sí, sin tragarse el humo. No le iba lo del tabaco, lo suyo eran las cañas sociales y departir y charlar con los camaradas en el bar de Chelo. Qué sería de ellos, vendieron el bar, o mejor dicho, lo dejaron porque era un alquiler, y se dedicaron a la buena vida.

Allí, en ese bar, se reunía una generación rota de camaradas que inspiraban una enorme ternura y hasta cierta pena. Sus conversaciones a veces llegaban a ser delirantes e incluso hilarantes –dicho con el mayor de los respetos- por lo rocambolesco. Que aquellos compañeros (voy a usar la terminología marxista), algunos de ellos encarcelados, muchos perseguidos y todos ellos vapuleados por un régimen que había destruido todas sus esperanzas, se pusieran a discutir sobre el mayor o menor cumplimiento de la premisas marxistas del PC punto o del partido comunista auténtico,  resultaba enternecedor.

Para ellos era liberador, claro, que pudieran hablar abiertamente de sus ideas políticas  y jugar  a ser teóricos o revisionistas del marxismo. Era la oportunidad perdida de convertirse en los oradores y abanderados de todas aquellas revoluciones pendientes, las interiores y las universales, la de los proletarios y  los perdedores. Eran un cuadro desolador: Enrique, seis años en la cárcel, un hijo de un año muerto en accidente, cojo de las palizas y separado de Ana, la íntima amiga de Men, que murió de cáncer dos años antes; o la historia de Pepe Rubio, aquejado de esclerosis múltiple y abandonado por su mujer que a los cuarenta años decidió salir del armario.

También estaba Pepe el pequeñito, un hombre que equivocó su lugar y su tiempo, con una hija enganchada a las drogas y que siempre estuvo atormentado por sus dudas existenciales. Pero a pesar de eso, todos aquellos camaradas se tomaban la vida con humor y eran sarcásticos, irónicos, les gustaba hacer bromas y reírse, siempre reírse. Era el caso de Vicente, que a veces costaba incluso entenderle porque hablaba siempre de forma entrecortada como si permanentemente estuviera contando un chiste de Fernando Esteso . 

O Enrique que con aquella voz,  a medias entre Antonio Garisa y José Luis Col, siempre contaba alguna broma que a mamá  le costaba entender –su perpetua ingenuidad-. Yo creo que en el fondo y sabiendo que no iban a ser más que unos putos perdedores durante  toda su vida habían decidido tomárselo todo a broma y descojonarse de sí mismos.
           
Años después de que muriera Men, Wolfang Becker decidió recrear la película de su vida y la de ellos en la piel de una alemana oriental que entra en coma pocos días antes de la caída del muro. Men ya no era el benjamín del politburó, como yo la llamaba, pero seguía sin admitir la barbarie de Honecker y todos los regímenes comunistas que estaban cayendo. Aún tuviste tiempo de leer impreso en el dominical de El País la palabra Adiós para referirse a la Unión Soviética, pero ya te importó muy poco. Leila se había ido.

Su ideal había desaparecido, se desmoronaba al igual que había hecho su vida y de poco valieron los años de militancia. El socialismo se derrumbaba y Men prefirió no quedarte aquí para constatar el fin de sus sueños. Ni habíamos llegado a la igualdad, ni los parias de la tierra habían ganado, pero a ella ya no le importaba, Leila se había ido para siempre y Gustavo también. Atrás quedó su defensa enconada de los soviéticos cuando invadieron Afganistán y mi destierro durante varios días a casa de mi amiga Alicia porque pensaba que me había vendido al enemigo cuando puse en duda la buena fe de los camaradas soviéticos. Atrás también su irracional apoyo a la URSS cuando estalló Chernobil y decidiste creer que había sido un sabotaje de la CIA para acabar con la credibilidad del régimen. 
La última ocasión en que fue testigo de importantes acontecimientos de la historia fue la primera guerra del golfo, la primera contienda dramatizada de la historia gracias a Peter Arnett y la CNN, el nuevo gran hermano global junto con Google. Yo tenía varicela, que me había pegado Diego con cuatro añitos, y viví intensamente esos días de vino y rosas marchitas. El primer ataque de los iraquíes a Israel fui corriendo a su habitación a despertarte consciente de que ya nada la haría reaccionar, pero con la esperanza de que volviera a interesarse por la actualidad como siempre había hecho. Pero no lo hizo, hacía cinco meses que Leila había muerto.

Atrás quedaron aquellos fines de semana en los que delante de su taza de té y un curasan diseccionaba la actualidad política y social con Pueblo, Triunfo y luego El País, delante. Me acostumbré a ver la prensa en casa, a vivir con el periódico  como punto de referencia desde que era un mico. Es verdad que en mi casa nunca entró el Abc  ni diarios similares y por eso ahora considero antediluviano a La Razón, pero es que el integrismo de cualquier signo es perjudicial para la salud. Tan importante era el periódico y la actualidad que yo siempre sabía cuando Men volvía a entrar en una depresión profunda. La más larga, además de la de Lei, fue la que la dejó postrada en la cama durante un año cuando Gustavo la abandonó. 

Para ella no era su pérdida lo que más le dolía, estoy convencida, sino la definitiva pérdida del dulce pájaro de juventud. Ya jamás volvería a tener una oportunidad de sentirse viva –o al menos eso creía- y ahora sólo le quedaba su casa y sus hijas, cada vez más mayores y más alejadas de ella. De hecho Leila ya no vivía con nosotros, había preferido romper con su pasado e iniciar una nueva vida al lado de Pepe. No le quedó más remedio tampoco, como tampoco le quedó más remedio que casarse y recluirse en Vall de Uxó, un pueblo que no imagino más alejado tanto física como emocionalmente de su querida Coruña.

¿Por qué no te fuiste a Coruña Leila? La relación con Pepe sólo duró uno o dos años, el tiempo en el que decidisteis iros a vivir a Vall de Uxó, después tú nunca volviste a ser feliz, o yo no lo vi. De todas formas, estoy convencida de que habrías vuelto a vivir con nosotras si la desgracia no te hubiera encontrado en aquella maldita curva a la salida de Viveiro. A veces imagino que al final te habrías convertido en enfermera y hubieras conseguido un trabajito aquí en Madrid, siempre con la vista puesta en Coruña adonde te marcharías por temporadas para tomar el aire de Riazor y emborracharte con su olor.

Men, sin embargo, jamás habría vuelto a Coruña, para ella hubiera sido como reconocer su derrota, perder un anonimato por el que tanto luchó en Madrid y agachar la cabeza frente a su madre, su hermana y su tía chuchi. Ella hubiera preferido vivir en Málaga, en La Carihuela, al borde de un mar domesticado y tranquilo con olor a pescaíto y a bronceador de zanahorias. Rodeada de ingleses y turistas de medio pelo y de media Europa que para ella simbolizaban la conquista de la libertad y que la trasladaban a un mundo mucho más amable y en eternas vacaciones en las que no debía enfrentarse al dolor de la vida cotidiana.


Para ella La Cari era el paraíso y Virgen de Lourdes el infierno. Para mí también lo era un poco, supongo que no contribuía nada el aspecto de mole inmensa y deshumanizada que tenía nuestra casa, múltiples veces premiada como edificio más feo de Europa y símbolo de urbanismo caótico y especulativo del tardofranquismo que perseguía enriquecer a unos cuantos a costa de los pobres inquilinos y esforzados propietarios.

En los últimos años de su vida, y antes de arrojar definitivamente la toalla, Men había desarrollado una paranoia contra la casa y todos sus vecinos que, decía, se habían confabulado para hacerle la vida imposible. Y la verdad es que las señoras de abajo eran un poco brujas, malvadas, chismosas y de mal talante, pero bien es verdad que soportaron varias inundaciones con consecuente caída de techo y enésima discusión a gritos, con insultos e improperios incluidos, para ver quién se hacía cargo de los costes.

La casa no ayudaba mucho, ya digo, por eso cuando vimos Qué he hecho yo para merecer esto, de Almodóvar, fue como si entrara un soplo de aire fresco por el salón y nos sintiéramos reconfortadas, tranquilas, comprendidas al fin. Y es que la, para mí, obra maestra de Pedro Almodóvar es una inconmesurable película con la que el cine español entra definitivamente por la puerta grande en el universo de los grandes mitos. Creo que pensábamos que no iba a ser más que una peliculita de un director un tanto transgresor, homosexual y rogelio. Suficiente para darle el primer visto bueno y por eso empezamos a ver la película sin tener ni puñetera idea de lo que nos íbamos a encontrar.

Y nos encontramos con nosotras mismas, con nuestra puta soledad reflejada, con nuestra desesperanza hecha carne en nuestra propia casa y en nuestro propio barrio. Y también nos encontramos con la libertad, con los deseos, con todo aquello por lo que habías luchado y con una bocanada de aire fresco que nos permitió inspirar muy fuerte y soltar el aire y gritar a los cuatro vientos que éramos libres y sentir que no estábamos solas.

Que al menos Almodóvar, Carmen maura, mis vecinas y hermanas Zaynab y Fátima, tus camaradas, mi amiga Alicia, tu amigo Pepe el pequeñito y dos o tres personas más nos querían y nos comprendían. Qué feliz fui esa noche! Jamás he vuelto a ver una película tan portentosa, innovadora, moderna y revolucionaria, jamás ninguna me acompañó tanto. Yo creía que el mundo era gris, negro, triste, y entonces me di cuenta de que no, que alguna gente había decidido que no, que se acabaron las telarañas  y se había tomado en serio la tarea  de pregonarlo a los cuatro vientos. Por eso, y por todo lo que simbolizas, gracias Pedro Almodóvar.

Y gracias también a Bernardo Bertolucci por rodar El último tanto en París, la película que supone un antes y un después en el cine de autor y que simboliza el fin de una época. El fin de la vieja Europa y el  inicio de una nueva etapa en la que yo me iba haciendo mayor. Esta película no es sólo el poema desgarrado de un hombre abandonado y traicionado que se hunde en el abismo y cree que puede autoinmolarse con la ayuda de una niña a la que quiera arrastrar a su propio infierno.

Es la crónica de una muerte anunciada hasta que la niña le insufla vida y le hace dudar y creer y sentir y en todo ese proceso vemos un París maravilloso como nadie será capaz de retratar nunca en el que destaca la luz cenital de la gran metrópoli europea. Símbolo de la decadencia de occidente, símbolo del declive de Europa frente a América. Símbolo del declive de Marlon Brando, insuperable, frente a los nuevos tiempos. Sin parangón el final en el que un hombre destruido descubre que su única posibilidad de salvación es ella. Pero ella no le conoce, no sabe su nombre, no sé quién es, no sé cómo se llama, repite una Maria Schneider a la que jamás he vuelto a ver en una película, lo que probablemente contribuye a agrandar el mito del último tango.

Pero antes de eso yo vi la película que cambió mi vida. La vi en el Carlton, en Manuel Becerra, y todavía degusto cada momento y cada instante de las tres veces que vi repetido superman en aquel cine de sesión continua en compañía de Men, Gustavo y Leila. Al final, en la tercera repetición sólo nos quedamos Gustavo y yo, porque éramos los más niños, los que más disfrutábamos del cine de aventuras, los que más agradecíamos transportarnos en el tiempo y el espacio a través de la máquina de regreso al futuro o cualquier a otra que nos evadiera durante unas horas del rollo diario. Con Superman todos vivíamos en Metrópolis, viajábamos en avión, dirigíamos periódicos, -yo, al menos- y sentíamos que podíamos volar y que a lo mejor algún día podríamos cumplir un sueño. El sueño de ser Clark Kent.


            Quizás porque olvidó darme sólo el adiós se niegan a creer que por siempre duerme ya, los hijos de ella evitan recordar. Anteayer cuentan que cuando fueron a acostarse la vieron regresar y les habló de amor y todos los relojes se pusieron a andar…




miércoles, 1 de marzo de 2017

Sofía o el origen de todas las historias


Sofía o el origen de todas las historias
de Rafik Schami


Mónica Hidalgo

Durante muchos años Siria fue para mí una imagen: la del primo Saad vestido de soldado con una boina negra ladeada y dueño de la  mirada más profunda que yo había visto a mis quince años. Su viril nuez y su gesto serio aparentando madurez me transportaron muchas veces a aventuras exóticas en las que yo siempre acababa derretida por sus ojos color miel. 

Siria también es mi nexo de unión con mis amigas casi hermanas Nur y Hala, de la familia damascena Al Magut y a las que debo algunos de los momentos más felices de mi infancia y juventud. Con ellas llevo toda una vida planeando el viaje a Damasco y a  las maravillosas ciudades de Palmira o Alepo, ahora masacradas por el terrible conflicto bélico que están destrozando ese mítico y maravilloso país. 


Después de leer El origen de todas las cosas de Rafik Shami, el sobrenombre de Suleil Fahé, no he podido evitar identificar a Salman con Saad, aunque poco tiene que ver la trayectoria de este último con la del emigrante sirio que reconstruye su vida en Roma. En tono autobiográfico, Rafik Shami realiza un viaje emocional al Damasco de su infancia y se reencuentra con todos los personajes de un pasado que él hubiera querido olvidar.

La progresiva aparición en escena de familiares y amigos que, al principio le colman de parabienes y atenciones, pero que luego comienzan a reprocharle su huida al exilio y su plácida vida de refugiado europeo, convierte lo que debería haber sido una nostálgico viaje de vacaciones  en un infernal y claustrofóbico reencuentro con todos los demonios de su juventud e infancia. El escritor intenta abstraerse de esa realidad, pero es entonces cuando más se confunden los dos papeles, los de Salman y Rafik.

El salón de la casa familiar en Damasco se convierte en un asfixiante entorno del que Salman no puede salir y donde encaja los envenenados dardos e  invectivas de sus visitas bajo la atenta mirada de su madre y la aparente ausencia de su padre. Su primo, como la representación del mal, rápidamente se configura como un personaje clave de la novela que alterará los planes de Salman y le obligará a buscar refugio en casas de antiguos amigos y conocidos donde vive una particular bajada a los infiernos y terrorífica pesadilla.

Son estos los mejores capítulos de la novela y también los de mayor ritmo narrativo, que recuerdan a la Trilogía de El Cairo por la aparición en escena de diferentes personajes que enfrentan a Salman con sus peores pecados y le hacen purgar por su pasado. La expiación de la culpa es un tema recurrente de muchos exiliados que se sienten extranjeros en su país de origen y en el de adopción y buscan la redención a través de la literatura. Rajiv Shami seguirá escribiendo por la necesidad vital de solicitar el perdón a sus lectores y compatriotas, aunque sepa que estos jamás podrán volver a considerarle uno de los suyos.

Los ecos de la narrativa oral acompañada por las preceptivas enseñanzas morales se entrelazan en los sucesivos encuentros con personajes del pasado, presentados como estereotipos, y que e irán defraudándole uno a uno en lo que parece una suerte de flagelación y penitencia asumida y aceptada por Salman. 

La luz volverá a irradiar para Salman gracias a su madre, Sofía, la que urde su encuentro con un antiguo amor de juventud, Karim, que se convierte en su protector frente al terrorífico servicio secreto sirio. Su historia y la de su nuevo amor de senectud son los protagonistas de la otra novela que  fluye entrelazada con la peripecia vital de Salman y se convierte en un aserto desiderativo de su vida futura. 


Los libros de Rafik Shami, están prohibidos en su país, Siria, porque la dictadura de Bachar El Asad los considera subversivos y perniciosos para la juventud siria, asediada por uno de los conflictos armados más terribles que asuelan el mundo. En El origen de todas las cosas Schami escribe sobre todo aquello que puede  interesar a los jóvenes sirios: el amor, la venganza, la familia, la solidaridad, el compañerismo o la honestidad desde una doble mirada: la de un exiliado nostálgico atrapado por sus contradicciones en un país que no es el suyo y la de un jubilado que vive una segunda juventud con un amor de senectud y saborea cada momento de su vida como si fuera el último.