Agosto 2019
Con el horizonte puesto en la
inigualable Venecia partimos de Madrid, no sin antes recoger nuestro
dispositivo Vía T, para poder cruzar las autopistas de los países vecinos sin
tener que guardar colas kilométricas. Primero hicimos una parada técnica para
dormir en Lleida, una ciudad dividida en dos por una amplia
avenida o paseo que conecta ambas zonas de la ciudad. En la parte de arriba
están los bares y terrazas de los leridanos de toda la vida, mientras que en la
zona baja conviven los catalanes indepes con los nuevos ciudadanos inmigrantes
procedentes del norte de Africa. Cenamos en un sitio muy cuco, quizás uno de
los mejores de todo nuestro viaje. A recordar las patatas pajita bravas,
¡¡estaban muy ricas!!
Al día siguiente, partimos más a menos
prontito para tomar carretera y manta hacia Girona y luego ¡La France! Otra
visión de la ciudad de Puigdemont, esta vez de día, para poder admirar la
escalinata de la catedral y los edificios góticos y renacentistas de la ciudad
más bonita de Cataluña, con permiso de Barcelona. Calor, calor y más calor para
que nos fuéramos preparando a lo que nos esperaba. A media mañana tomamos
camino hacia Francia, hacia Colliure, el pueblo donde dio con su cuerpo y alma
dolorida Antonio Machado huyendo de la guerra y del franquismo.
Colliure
"Y cuando llegue el día del
último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a
bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar". Así
reza la leyenda que aparece en su tumba, en un pequeñito cementerio de la
coqueta Colliure, una ciudad de vacaciones donde veranea la burguesía local y
adonde también llegamos algunos concienciados republicanos españoles. Mamá,
puse la bandera republicana y recordé a todos los ciudadanos españoles que
lucharon por la libertad y por los derechos de todos los españoles durante la
dictadura y a los que tanto debemos. Nunca podrán recompensarte por tu vida
perdida.
Nuestro hotel estaba ya en Port
Vendres y daba a una calita empedrada pero exclusiva donde apenas había bañistas extranjeros. Como todas las ciudades de la Costa Azul, los restaurantes, las
calles, las tiendas tienen el sabor refinado del país vecino y cierta atmósfera
parisina impregnada en el aire que forma parte de charme y la grandeur
francesa.
Es fácil imaginar cómo disfrutaban las
vacaciones de antaño las familias de franceses de clase alta que venían a
Colliure a tomar baños de mar y a emborracharse con el aire marinero. Allí
sentados, como detenidos en el tiempo, saboreaban un café expreso mientras
echaban un vistazo a los grandes periódicos en formato sábana de la época.
Revivir, rememorar esos momentos a través de experiencias inmersivas quizás sea
lo que buscamos todos los turistas de medio pelo que viajamos por el mundo a la
búsqueda de la aventura imposible de experimentar. Con nuestras fotos
instantáneas queremos inmortalizar el momento, capturar la atmósfera, atrapar el
aire, experimentar un flashback dificíl de revivir en este mundo líquido que se
nos escapa de las manos.
Al día siguiente, después de visitar
la tumba de Antonio Machado realizamos nuestro particular homenaje a los
refugiados españoles que ocuparon las playas de Argeles-sur-Mer, cerca de donde
nosotros estuvimos persiguiendo esquivos bancos de pececitos plateados y
disfrutando del tradicional día de playa. Muy cerca de nuestra playa estuvieron
instalados los destartalados y gélidos barracones donde concentraron a familias
enteras de exiliados que pasaron meses esperando convertirse en ciudadanos
legales con identidad propia en tierra extraña. Sin dinero, sin trabajo, sin
patria, todos ellos afrontaron el desarraigo al igual que hoy lo hacen millones
de personas que cruzan el Mediterráneo en patera huyendo del hambre, la guerra,
las torturas, el dolor.
Este verano, que tanto hemos oído
hablar del Open Arms, y de su titánica lucha contra para defender los derechos
humanos, nosotros, los Alcoceba HIdalgo nos hemos dado unos baños de libertad
en la tierra de la fraternité, egalité y liberté, adonde jamás pudieron llegar
Men y Juan, ni Joaquín y Sole.
Los Calanques
Abandonamos Colliure y nos fuimos
hacia Los Calanques, los arroyos y calas del parque natural pegado a Marsella y
quizás la etapa más anodina de nuestro viaje. El primer vistazo a La Ciotat fue
un tanto desolador, nuestro hotel estaba al lado del puerto donde una enorme
grúa recibía a los turistas.
Camino de la playa recorrimos la que,
en otro tiempo, debió ser la arteria principal de la pequeña urbe en el corazón
de Los Calanques, una villa ahora reconvertida en centro vacacional de los
habitantes de Marsella y de unos cuantos visitantes extranjeros despistados. Por
la noche, el paseo marítimo estaba lleno de terrazas abarrotadas y jalonado de puestecitos
similares a los que pueblan cualquier localidad de la costa española.
Aunque en este viaje no dedicamos
tiempo a visitar monumentos ni museos sí hubo uno que hubiera merecido la pena
echarle un vistazo: el cine Edén, el primero en el que se proyectó una
película, propiamente dicha: El viaje a la luna de los hermanos Lumiere. Camino
de la playa por tarde habíamos pasado delante del desvencijado edificio del famoso
cine en el que apenas reparamos, al igual que la estación de los Pompiers y la
Gendarmerie abandonadas donde hacía años que nadie entraba.
La visita a uno de los Calanques a la
mañana siguiente era obligada, sin embargo, no sabíamos que también lo era para
los tropecientos mil turistas que nos encontramos en la pequeña cala pedregosa
donde poner una toalla era tarea poco menos que imposible. Por la tarde,
cumplimos con el ritual y montamos en el
barquito que recorre Los Calanques para comprobar que las calas eran tan azules y divinas como
anunciaban los carteles.
Como ya me imaginaba, para disfrutar
realmente de esos picudos entrantes de mar transparentes es mejor ser
millonario. Me imagino atracando con Mala vida mientras disfrutamos de una
jornada marinera regada con un buen caldo gallego o francés, es igual, y
aderezada por baños de mar mientras sesteamos en las colchonetas de colores.
¡¡Qué mal viven los pobres!!
Por la noche volvimos a pasear por los
puestecitos de la avenida principal y comprobamos una vez más el mal servicio
de la hostelería francesa. Dimos con uno de los peores restaurantes de toda la
costa francesa: el Red Lyon. Después de 45 minutos de espera aderezados con
alguna de las nuestras tradicionales discusiones, decidimos dar portazo y
largarnos al grito de "la adittion, la adittion". Si no fuera por lo enfadados
que estábamos con ellos, hubiera sido un momento dulce, de
esos que todos queremos vivir en la vida: “Por favor, tráiganos la cuenta,
tienen ustedes un servicio pésimo".
Cinque Terre
Después de una noche catártica pusimos
rumbo hacia la Liguria italiana, la región montañosa del noroeste del país
donde se concentra la mayor renta per capita de Italia y que alberga pequeños
paraísos costeros como la coqueta región de Cinque Terre. Uno de los grandes
descubrimientos del viaje fue el pequeño hotelito, escondido en la montaña,
donde pasamos dos noches reparadoras. Alejado del ruidoso Levanto y los otros
pueblos abarrotados de turistas, la casita estaba muy cuidada y nos resultó
sumamente acogedora, al igual que el restaurante y la terraza, cuidadas hasta
en el detalle más ínfimo por parte de sus dueños.
Como ya nos habíamos imaginado el día
anterior, la jornada que pasamos visitando Cinque Terre resultó agotadora, no
sólo por el calor, sino también por las masas de turistas que inundaban las
calles, los trenes, los bares, las calas, los restaurantes. La trivialización
de cualquier experiencia y la continua búsqueda de la instantánea perfecta,
acabaron con la posibilidad de experimentar cualquier momento mágico.
Terminamos el día en la playita, disfrutando como locas con el pedalo que
alquilamos a última hora y desde donde nos tiramos al mar una y mil veces.
Venecia
Al día siguiente volvimos a coger
carretera y manta para dirigirnos por fin a la mítica Venecia, la ciudad que
nunca defrauda. Humedad aplastante, mosquitos y cientos de canales nos
recibieron en la ciudad literalmente tomada por los veraneantes, pero que lucha
por mantener sus señas de identidad. Venecia nació para ser exhibida, cientos
de artistas trabajaron años para engalanarla y convertirla en la ciudad más
bella del mundo.
En medio de la laguna, la basílica bizantina,
la plaza de San Marcos, el campanile, las góndolas, surgen como una ensoñación, un
espejismo surgido de la niebla de los tiempos.
Nuestro hotel de Venecia estaba muy
bien ubicado, cerca de Rialto y al lado de La Fenice, el palacio de la ópera
con más historia de Italia, con el permiso de La Scala de Milán. Buscando algo
menos de bullicio nos adentramos en el barrio de Canareggio donde aún viven
vecinos de toda la vida y señoras con sus carritos de la compra. Allí, a refugio
del tumulto, encontramos la iglesia de La Madonna del Horto donde Tintoretto
trabajó durante 30 años. En compañía de apenas una decena de turistas pudimos
admirar los grandes murales de Tintoretto que anunciaban el juicio final.
A la búsqueda de lo exclusivo, también intentamos subir la escalera de caracol del Palacio Contarini, escondido entre estrechas callejuelas ilocalizables, a pesar de la destreza de Almi para interpretar la errática señal de Google Maps. También visitamos la iglesia de Santa Maria del Miracoili, una obra maestra del Cuatrocento italiano y que parece un joyerito de mármol a lomos de dos islas unidas por los famosos punzones de madera. Después de dos días en Venecia, abandonamos la famosa laguna, esa que un día muy cercano se hundirá debajo de las aguas y que servirá para recordarnos la irresponsabilidad del ser humano. Menos de cincuenta años calculan los expertos.
A la búsqueda de lo exclusivo, también intentamos subir la escalera de caracol del Palacio Contarini, escondido entre estrechas callejuelas ilocalizables, a pesar de la destreza de Almi para interpretar la errática señal de Google Maps. También visitamos la iglesia de Santa Maria del Miracoili, una obra maestra del Cuatrocento italiano y que parece un joyerito de mármol a lomos de dos islas unidas por los famosos punzones de madera. Después de dos días en Venecia, abandonamos la famosa laguna, esa que un día muy cercano se hundirá debajo de las aguas y que servirá para recordarnos la irresponsabilidad del ser humano. Menos de cincuenta años calculan los expertos.
Génova
Y vuelta a los Apeninos y a la caótica
ciudad de Génova, donde nos esperaría una desagradable sorpresa. El hotelito que
yo había reservado era una triste habitación en un edificio laberíntico con
aspecto mugriento y peor presencia. Después de una discusión a gritos
conseguimos otro hotel, pegado a la zona histórica de Génova, que visitaríamos
al día siguiente. La última etapa de nuestro viaje fue el viaje en ferry desde
Génova a Barcelona, una experiencia muy positiva, pero que al principio nos
asustó un poco.
Después de esperar lo que parecieron horas y
horas bajo un sol de justicia, el ferry consiguió arrancar y salir mar adentro.
Los tangerinos, como los llamaba Almi, ganaban por clara goleada a los
italianos y españoles, casi inexistentes en el barco, durante la travesia
nocturna. En el bar decorado al estilo años 70, un cantante y pianista nos
amenizaron la velada con canciones magrebíes y palmadotas contagiosas. De vuelta a nuestro
minúsculo y viejuno camarote, comimos unos pequeños bocatines de nuestro famoso
e infausto embutido e intentamos dormir, a pesar del frío, las apestosas mantas
y el ruido del barco avanzando. ¡Nuestra primera noche en un barco, pero no la
última!
Entramos en Barcelona muy lentamente, a 20 nudos por hora, lo que nos permitió disfrutar de la Ciudad Condal desde el agua y de paso confundir tres grandes torres eléctricas con la Sagrada Familia. Una
visión muy diferente e icónica de BCN respecto a la del puente aéreo, cuándo lo
único que se ve es el mar en picado y una pista de aterrizaje pegada a las
zonas francas del Prat de Llobregat.
Desde el ferry tuvimos tiempo de reflexionar sobre la importancia de Europa para muchos de los viajeros, sobre lo
mucho que tarda un barco en llegar a tierra, lo lejos que está Africa, lo estúpidos que
son los motoristas pijos madrileños vestidos de cuero de arriba abajo, la cantidad de medusas que hay en el puerto, lo peligroso
que es dejar a los hombres tangerinos a cargo de los niños juguetones con ganas
de tirarse por la borda, lo llamativo de las ondas del mar a la hora de atracar. El desembarque, amarre, atraque, ancla, timón, travesía,
nudos, ¡Qué bonito lenguaje! Tan diferente al de los aviones, los coches, los
trenes o los autobuses.
Ya en casa, otra vez con Másmovil,
Pedro Sánchez, Vox, Podemos, Catalunya, Torra, Puigdemont, la violencia doméstica, las autovías, la VíaT, Soria,
Coruña, pero primero Navarra y Estella. Allí descansamos en un precioso hotel reconvertido y reinventado desde una fábrica de harina a un hotel constructivista de diseño. Vuelta a casa.







