lunes, 23 de julio de 2018

Grecia, el hogar de los Dioses



Grecia, el hogar de los dioses

Mónica Hidalgo

Los monasterios ortodoxos construidos en la cima de las montañas, el centro del mundo en Delfos, la bella Atenas devastada por la crisis, el mar Egeo a bordo de un ferry, las gaviotas anunciando tierra firme, la playa transparente, el queso feta, la musaka, el pastichio y las omnipresentes olivos, conforman parte de la realidad cotidiana de Grecia, un país tan cercano y tan lejano a la vez.

Una instantánea de Atenas: el cielo enmarañado por los cables de los tranvías con el Partenón al fondo y las tierras cerradas y garabateadas por grafitti revolucionarios, mientras los señores mayores charlan en los cafés y los jóvenes griegos, entre los que hay muchos repatriados e inmigrantes, pasan el tiempo muerto en las plazas hablando de su incierto futuro. 

Aunque el primer impacto de Atenas es el de una ciudad caótica con un tráfico infernal, el trayecto desde el aeropuerto mereció la pena gracias a la amena conversación que mantuvimos con el taxista, un ateniense maltrecho por la crisis y con un relato devastador de los ocho años transcurridos.

Según él, unos 4.000 griegos deciden todos los años acabar con su vida desesperados y arruinados ante la absoluta falta de expectativas. Las tragedias ideadas por Sófocles o Eurípides son una representación de la vida diaria en cualquier lugar de la bella Atenas, como la Plaza Omonia donde decenas de jóvenes desocupados y nuevos refugiados dejan pasar el tiempo mientras se toman uno de esos cafés cargadísimos que tanto gustan a los griegos. 

Los ninis por obligación pasan las horas mientras esperan que una racha de buena suerte les permita encontrar trabajo o salir del marasmo en el que viven. Apenas a dos cuadras de Omonia nace Exarquía, el barrio revolucionario de Grecia, que en su momento álgido, fue el epicentro mundial de las protestas contra las imposiciones de la troika y el Fondo Monetario Internacional.

La universidad empapelada de carteles y pancartas reinvindicativas y también de graffitis artísticos se ha convertido ya en un símbolo de la juventud griega y de su lucha contra los desmanes de la troika y el Gobierno, un triste rehén de las decisiones de la Unión Europea. En la Plaza Syntagma, además del cambio de guardia, resulta interesante también acercarse a la sede de la Unión Europea, que está en las inmediaciones. El cristal de la garita de seguridad está estallado por mil sitios a causa del impacto de las piedras de los manifestantes.

Atenas es una ciudad deliciosa y tranquila cuya parsimonia se rompe diariamente por el bullicio de más de 5.000 cruceristas que inundan las calles adyacentes a la Acrópolis y visitan sus monumentos como parte de un ritual millones de veces repetido para cumplir con las obligaciones de todo buen turista que se precie. ¿Cómo ir a Atenas y no visitar el Partenón? Sería una ignominia., pensarán algunos.

Quizás como buena europea del sur creo que se puede percibir el alma de Atenas sin necesidad de cumplir con la ortodoxia, solamente es necesario sentir su latido en alguna de sus pintadas, entrando en alguno de sus mercados o cafés o hablando con alguno de sus comerciantes. Grecia nos resulta cercana y cierta, todo lo contrario de otras muchas ciudades que desilusionan y defraudan desde su primera mirada. La melancolía de los griegos se transmite como un signo de identidad que a muchos sorprende en un país mediterráneo bañado por el sol y que, para los fríos europeos del norte, debería invitar a vivir en permanentes vacaciones.

Pero en Grecia nada resulta excesivamente alegre. En nuestro viaje hacia Meteora, en la Grecia meridional, pudimos comprobar cómo las carreteras, calles, caminos, pueblos y habitantes de Grecia parecen detenidos en el tiempo, en tranquila calma chicha.
 Todos los pueblos del interior resultan sorprendentemente parecidos, con casitas encaladas, bien pintadas y calles bien urbanizadas.

 A los españoles, acostumbrados como estamos a un urbanismo caótico fruto de la especulación de décadas, nos llaman la atención las dignas edificaciones y la uniformidad del paisaje de las poblaciones que vamos atravesando a través de una carretera interminable cuajada de rotondas.

En Meteora descubrimos otra Grecia, alejada de los grandes circuitos turísticos pero que resulta igualmente atractiva. Las grandes rocas coronadas por los monasterios bizantinos representan también el espíritu interior y la introversión de los griegos. Poco dados a grandes manifestaciones de afecto en público, los griegos se muestran mucho más introvertidos y tímidos que cualquier otro pueblo mediterráneo. 

Quizás están demasiado apesadumbrados por las tribulaciones económicas y en los últimos años tampoco han tenido muchos motivos para sentirse felices, pero el recogimiento interior se observa en muchos más gestos que parecen ancestrales.
Tampoco es que profundizáramos mucho en sus manifestaciones, pero la única procesión de semana santa que vimos en pleno Atenas era más silenciosa y tranquila que cualquiera de las que se celebran en cualquier pequeño pueblo de nuestro país. 

Las iglesias ortodoxas están llenas de frescos y velas, grandes velas que impregnan el ambiente y te sumergen en décadas de historia que retrotraen a los tiempos en que Grecia fue el centro del mundo.Y es que lo fue. Delfos, el hogar de los Dioses es un lugar paradisíaco siempre que no vayas en pleno verano. El anfiteatro y el precioso estadio merecen la pena disfrutarlos sin sentir que te estás abrasando, así que los excursionistas de agosto abstenerse, a no ser que vayan a las 5 de la mañana. 

El museo también es una pequeña perlita aislada del mundanal ruido donde deleitarse en la contemplación del. auriga en bronce encontrado en una de las laderas de la montaña y que constituye una de las piezas mejor conservadas en ese metal. 2.500 años tiene la escultura, ahí es nada.

Mención aparte merece la visita a cualquiera de las islas griegas que pueblan el mar Egeo. Aunque no fuimos a ninguna de las famosas, sí aprovechamos para visitar una islita cercana que nos sirvió para adentrarnos en el olor y sabor del mar Mediterráneo.  El pescado colgado en los tendederos de todos los restaurantes, sobre todo calamari y pulpo, y el contraste de las casas con el azul transparente del mar ,son algunas de los flashes más recordados por todos los turistas y visitantes de las islas. 

Tampoco es fácil olvidar la imagen de las gaviotas, esos pajaros reconvertidos en aves carroñeras que agarran en pleno vuelo el pan, cheetos o chuches de todo tipo que les ofrecen los turistas de los ferrys. 

La visita a Grecia es imprescindible para todos los viajeros que buscan nuevas experiencias en el Viejo Mundo. No se lo pierda