miércoles, 1 de marzo de 2017

Sofía o el origen de todas las historias


Sofía o el origen de todas las historias
de Rafik Schami


Mónica Hidalgo

Durante muchos años Siria fue para mí una imagen: la del primo Saad vestido de soldado con una boina negra ladeada y dueño de la  mirada más profunda que yo había visto a mis quince años. Su viril nuez y su gesto serio aparentando madurez me transportaron muchas veces a aventuras exóticas en las que yo siempre acababa derretida por sus ojos color miel. 

Siria también es mi nexo de unión con mis amigas casi hermanas Nur y Hala, de la familia damascena Al Magut y a las que debo algunos de los momentos más felices de mi infancia y juventud. Con ellas llevo toda una vida planeando el viaje a Damasco y a  las maravillosas ciudades de Palmira o Alepo, ahora masacradas por el terrible conflicto bélico que están destrozando ese mítico y maravilloso país. 


Después de leer El origen de todas las cosas de Rafik Shami, el sobrenombre de Suleil Fahé, no he podido evitar identificar a Salman con Saad, aunque poco tiene que ver la trayectoria de este último con la del emigrante sirio que reconstruye su vida en Roma. En tono autobiográfico, Rafik Shami realiza un viaje emocional al Damasco de su infancia y se reencuentra con todos los personajes de un pasado que él hubiera querido olvidar.

La progresiva aparición en escena de familiares y amigos que, al principio le colman de parabienes y atenciones, pero que luego comienzan a reprocharle su huida al exilio y su plácida vida de refugiado europeo, convierte lo que debería haber sido una nostálgico viaje de vacaciones  en un infernal y claustrofóbico reencuentro con todos los demonios de su juventud e infancia. El escritor intenta abstraerse de esa realidad, pero es entonces cuando más se confunden los dos papeles, los de Salman y Rafik.

El salón de la casa familiar en Damasco se convierte en un asfixiante entorno del que Salman no puede salir y donde encaja los envenenados dardos e  invectivas de sus visitas bajo la atenta mirada de su madre y la aparente ausencia de su padre. Su primo, como la representación del mal, rápidamente se configura como un personaje clave de la novela que alterará los planes de Salman y le obligará a buscar refugio en casas de antiguos amigos y conocidos donde vive una particular bajada a los infiernos y terrorífica pesadilla.

Son estos los mejores capítulos de la novela y también los de mayor ritmo narrativo, que recuerdan a la Trilogía de El Cairo por la aparición en escena de diferentes personajes que enfrentan a Salman con sus peores pecados y le hacen purgar por su pasado. La expiación de la culpa es un tema recurrente de muchos exiliados que se sienten extranjeros en su país de origen y en el de adopción y buscan la redención a través de la literatura. Rajiv Shami seguirá escribiendo por la necesidad vital de solicitar el perdón a sus lectores y compatriotas, aunque sepa que estos jamás podrán volver a considerarle uno de los suyos.

Los ecos de la narrativa oral acompañada por las preceptivas enseñanzas morales se entrelazan en los sucesivos encuentros con personajes del pasado, presentados como estereotipos, y que e irán defraudándole uno a uno en lo que parece una suerte de flagelación y penitencia asumida y aceptada por Salman. 

La luz volverá a irradiar para Salman gracias a su madre, Sofía, la que urde su encuentro con un antiguo amor de juventud, Karim, que se convierte en su protector frente al terrorífico servicio secreto sirio. Su historia y la de su nuevo amor de senectud son los protagonistas de la otra novela que  fluye entrelazada con la peripecia vital de Salman y se convierte en un aserto desiderativo de su vida futura. 


Los libros de Rafik Shami, están prohibidos en su país, Siria, porque la dictadura de Bachar El Asad los considera subversivos y perniciosos para la juventud siria, asediada por uno de los conflictos armados más terribles que asuelan el mundo. En El origen de todas las cosas Schami escribe sobre todo aquello que puede  interesar a los jóvenes sirios: el amor, la venganza, la familia, la solidaridad, el compañerismo o la honestidad desde una doble mirada: la de un exiliado nostálgico atrapado por sus contradicciones en un país que no es el suyo y la de un jubilado que vive una segunda juventud con un amor de senectud y saborea cada momento de su vida como si fuera el último.




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