Grecia, el hogar de los dioses
Mónica Hidalgo
Los monasterios ortodoxos construidos en la cima de las
montañas, el centro del mundo en Delfos, la bella Atenas devastada por la
crisis, el mar Egeo a bordo de un ferry, las gaviotas anunciando tierra firme,
la playa transparente, el queso feta, la musaka, el pastichio y las
omnipresentes olivos, conforman parte de la realidad cotidiana de Grecia, un
país tan cercano y tan lejano a la vez.
Una instantánea de Atenas: el cielo enmarañado por los
cables de los tranvías con el Partenón al fondo y las tierras cerradas y
garabateadas por grafitti revolucionarios, mientras los señores mayores charlan
en los cafés y los jóvenes griegos, entre los que hay muchos repatriados e
inmigrantes, pasan el tiempo muerto en las plazas hablando de su incierto
futuro.
Aunque el primer impacto de Atenas es el de una ciudad caótica con un
tráfico infernal, el trayecto desde el aeropuerto mereció la pena gracias a la
amena conversación que mantuvimos con el taxista, un ateniense maltrecho por la
crisis y con un relato devastador de los ocho años transcurridos.
Según él, unos 4.000 griegos deciden todos los años acabar
con su vida desesperados y arruinados ante la absoluta falta de expectativas.
Las tragedias ideadas por Sófocles o Eurípides son una representación de la
vida diaria en cualquier lugar de la bella Atenas, como la Plaza Omonia donde
decenas de jóvenes desocupados y nuevos refugiados dejan pasar el tiempo
mientras se toman uno de esos cafés cargadísimos que tanto gustan a los
griegos.
Los ninis por obligación pasan las horas mientras esperan que una
racha de buena suerte les permita encontrar trabajo o salir del marasmo en el
que viven. Apenas a dos cuadras de Omonia nace Exarquía, el barrio
revolucionario de Grecia, que en su momento álgido, fue el epicentro mundial de
las protestas contra las imposiciones de la troika y el Fondo Monetario
Internacional.
La universidad empapelada de carteles y pancartas
reinvindicativas y también de graffitis artísticos se ha convertido ya en un
símbolo de la juventud griega y de su lucha contra los desmanes de la troika y
el Gobierno, un triste rehén de las decisiones de la Unión Europea. En la Plaza
Syntagma, además del cambio de guardia, resulta interesante también acercarse a
la sede de la Unión Europea, que está en las inmediaciones. El cristal de la
garita de seguridad está estallado por mil sitios a causa del impacto de las
piedras de los manifestantes.
Atenas es una ciudad deliciosa y tranquila cuya parsimonia
se rompe diariamente por el bullicio de más de 5.000 cruceristas que inundan
las calles adyacentes a la Acrópolis y visitan sus monumentos como parte de un
ritual millones de veces repetido para cumplir con las obligaciones de todo
buen turista que se precie. ¿Cómo ir a Atenas y no visitar el Partenón? Sería
una ignominia., pensarán algunos.
Quizás como buena europea del sur creo que se puede
percibir el alma de Atenas sin necesidad de cumplir con la ortodoxia, solamente
es necesario sentir su latido en alguna de sus pintadas, entrando en alguno de
sus mercados o cafés o hablando con alguno de sus comerciantes. Grecia nos
resulta cercana y cierta, todo lo contrario de otras muchas ciudades que
desilusionan y defraudan desde su primera mirada. La melancolía de los griegos
se transmite como un signo de identidad que a muchos sorprende en un país mediterráneo
bañado por el sol y que, para los fríos europeos del norte, debería invitar a
vivir en permanentes vacaciones.
Pero en Grecia nada resulta excesivamente alegre. En
nuestro viaje hacia Meteora, en la Grecia meridional, pudimos comprobar cómo
las carreteras, calles, caminos, pueblos y habitantes de Grecia parecen detenidos
en el tiempo, en tranquila calma chicha.
Todos los pueblos
del interior resultan sorprendentemente parecidos, con casitas encaladas, bien
pintadas y calles bien urbanizadas.
A los españoles, acostumbrados como estamos
a un urbanismo caótico fruto de la especulación de décadas, nos llaman la atención
las dignas edificaciones y la uniformidad del paisaje de las poblaciones que
vamos atravesando a través de una carretera interminable cuajada de rotondas.
En Meteora descubrimos otra Grecia, alejada de los grandes
circuitos turísticos pero que resulta igualmente atractiva. Las grandes rocas
coronadas por los monasterios bizantinos representan también el espíritu
interior y la introversión de los griegos. Poco dados a grandes manifestaciones
de afecto en público, los griegos se muestran mucho más introvertidos y tímidos
que cualquier otro pueblo mediterráneo.
Quizás están demasiado apesadumbrados
por las tribulaciones económicas y en los últimos años tampoco han tenido
muchos motivos para sentirse felices, pero el recogimiento interior se observa
en muchos más gestos que parecen ancestrales.
Tampoco es que profundizáramos mucho en sus
manifestaciones, pero la única procesión de semana santa que vimos en pleno
Atenas era más silenciosa y tranquila que cualquiera de las que se celebran en
cualquier pequeño pueblo de nuestro país.
Las iglesias ortodoxas están llenas
de frescos y velas, grandes velas que impregnan el ambiente y te sumergen en
décadas de historia que retrotraen a los tiempos en que Grecia fue el centro
del mundo.Y es que lo fue. Delfos, el hogar de los Dioses es un lugar
paradisíaco siempre que no vayas en pleno verano. El anfiteatro y el precioso
estadio merecen la pena disfrutarlos sin sentir que te estás abrasando, así que
los excursionistas de agosto abstenerse, a no ser que vayan a las 5 de la
mañana.
El museo también es una pequeña perlita aislada del mundanal ruido
donde deleitarse en la contemplación del. auriga en bronce encontrado en una de
las laderas de la montaña y que constituye una de las piezas mejor conservadas
en ese metal. 2.500 años tiene la escultura, ahí es nada.
Mención aparte merece la visita a cualquiera de las islas
griegas que pueblan el mar Egeo. Aunque no fuimos a ninguna de las famosas, sí
aprovechamos para visitar una islita cercana que nos sirvió para adentrarnos en
el olor y sabor del mar Mediterráneo. El
pescado colgado en los tendederos de todos los restaurantes, sobre todo
calamari y pulpo, y el contraste de las casas con el azul transparente del mar ,son
algunas de los flashes más recordados por todos los turistas y visitantes de
las islas.
Tampoco es fácil olvidar la imagen de las gaviotas, esos pajaros reconvertidos en
aves carroñeras que agarran en pleno vuelo el pan, cheetos o chuches de todo
tipo que les ofrecen los turistas de los ferrys.
La visita a Grecia es
imprescindible para todos los viajeros que buscan nuevas experiencias en el
Viejo Mundo. No se lo pierda

Me ha encantado leer tu entrada sobre Grecia. Apenas lo conozco, solo anecdóticamente y dentro de ese grupo de turistas que bajan de un crucero a saco y vas como zombi a la Acrópolis. Pero antes de embarcar tuve la oportunidad de callejear un poco, y claramente se siente como lo cuentas. Hace ya mucho de eso, y todos los años intento cuadrar alguna escapada allí, pero al final se imponen otros destinos, espero que no pase mucho más antes de que pueda usar tu preciosa crónica de Grecia como mi próxima guía/faro de viaje. ❤️
ResponderEliminarWoW sin palabras😍😍tu hija Eli
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