lunes, 18 de julio de 2022

Susana

 


No recordaba la dirección de tu casa ni tampoco tu apellido ni dónde vivías, pero sí me habías hablado de la fábrica de pan de tu padre que estaba en Aluche. Nos conocimos en un viaje a Egipto y nunca había vuelto a saber de ti. Pero ahora que había muerto Manuel, mi marido, quería reencontrarme con toda la gente maja que habíamos conocido en nuestros viajes y tú e Ignacio erais dos de ellos.

El crucero por el Nilo fue mágico y me traía tan buenos recuerdos que quería rememorarlos contigo. Ese amanecer tomando champán y viendo emerger al astro rey en el río más largo del mundo, merecía al menos un reencuentro. Tus ojos profundamente negros brillaban tanto en la noche como tu perenne cigarrillo. Igual que tú risa y tus carcajadas. Ni sé qué nos contamos en aquella madrugada cuando ya todos los alemanes y nórdicos se habían ido a dormir borrachos perdidos. Hablamos de cómo os conocisteis, de tu pasión por los viajes, del amor por lo ruso por parte de Ignacio, de lo bien que os habías llevado siempre. Nosotros también comentamos que nos encantaba viajar y que, a pesar de vivir en León, siempre estábamos soñando con las vacaciones para poder recorrer el mundo y salir de nuestro universo tan pequeñito y tan de provincias.

Habíamos hablado incluso de ir todos juntos a Moscú y desde allí coger el tren hasta San Petersburgo. Una amiga tuya había ido en viaje de novios y le había encantado la experiencia. Pero después de lo de Egipto fuimos perdiendo el contacto y comenzamos a espaciar las llamadas a lo largo de los meses. Luego tan sólo nos escribíamos emails y, más tarde, el silencio. Seguramente habrías cambiado de correo electrónico, porque el que tenías era de Wanadoo y ya no estaba operativo.

Y lo mismo me pasó con el móvil, era de los primeros 600 y ahora ya no funcionaban. Me daba pena que no se te ocurriera llamarme algún día o escribirme un correo, pero claro, habían pasado casi 10 años desde la última vez que tuvimos contacto y eso, en el mundo que vivimos, es una eternidad. Pero ahora estaba dispuesta a encontrarte. Sólo tenía dos pistas: la fábrica de pan y Aluche.

Como mujer de provincias que soy siempre tengo la sensación de que no puede ser tan difícil dar con alguien en un barrio de Madrid. No calculaba lo complicado que puede ser encontrar una dirección en un distrito de 250.000 habitantes. Todas las búsquedas las hacía por las noches en casa, después de mi turno como enfermera en el hospital comarcal de El Bierzo y de mis clases de gimnasia, yoga, idiomas y voluntariado. No había tenido hijos y Manuel ya no estaba, pero mis tardes estaban ocupadísimas. Era una terapia para no pensar, para no caer en la cuenta de que mi amor se había ido hacía más de un año y que yo seguía allí, varada en León sin saber muy bien qué hacer con mi vida.

La búsqueda

Después de ducharme y tomar cualquier cosa para cenar, me ponía a hacer búsquedas con el móvil. Era un momento de relax, de tranquilidad y de reencuentro con vosotros y con Manuel. Lo primero que hice fue identificar todas las fábricas de pan, hornos, tahonas y pastelerías del distrito de Aluche. Ni una sola tenía un dueño con tu nombre o el de Ignacio, así que de momento no había habido suerte. iiHabía 107!! Entre todas ellas tuve que identificar las que eran hornos o tahonas y aquello no fue tan fácil. Muchas tiendas, pastelerías, cafeterías tienen un pequeño horno para hacer el pan y eso también contabiliza. Fue una labor de varias semanas, pero durante ese tiempo estuve entretenida, no me daba tiempo a pensar en nada ni por qué. Al final, me quedé con 10 panaderías- pastelerías-cafeterías cercanas al Gómez Ulla, el hospital militar que me habías dicho que estaba muy cercano a la fábrica de pan de tu padre y también de tu casa.

En Facebook no había ni rastro de vosotros, claro que no recordaba vuestro apellido, así que era casi imposible encontraros. Nunca os gustó el móvil y mucho menos las redes sociales, así que no tuve éxito en Facebook, ni mucho menos en Twitter o Linkedin. Una pista que consideraba buena terminó por ser también un falso anzuelo porque me habías dicho que veraneabas cerca de El Escorial, y por eso empecé a buscar también por allí. Me barrí y rastreé por Internet todos los pueblos de la zona, pero después de llamar a todas las pastelerías¬ panaderías-cafeterías me convencí de que nadie conocía a una pareja llamada Susana e Ignacio. Parecía increíble que en la era de Internet 4.0 y del big data no apareciera nada de vosotros. No podía ser que os hubierais disuelto como un azucarillo en una taza de té caliente.

Me voy a Madrid

  Así que seis meses después de emprender mi reto me decidí a plantarme en el barrio de Carabanchel   dispuesta a recorrerme todas las panaderías de la zona. Preparé todo el viaje de forma concienzuda.  Estaba dispuesta a no volver hasta encontrarte, por eso me pedí unas vacaciones de 30 días, las que me tocaban y otros tantos días que me debían desde tiempos inmemoriales. Quería volver a ver esos ojos tan negros y esa sonrisa, y verte reír y llorar a la vez con tu sempiterno cigarro en la mano. La noche antes de venir me desperté acongojada, no sabía que había soñado exactamente, pero sabía que no era un sueño dulce. Las pesadillas siempre persiguiéndome. ¿Y si no os encontraba? ¿Y si os habíais ido a vivir lejos de Madrid? ¿Y si te habías convertido en madre de tres niños, estabas dedicada en cuerpo y alma a tu hogar y ya no querías saber nada de tus antiguos compañeros de viaje? Decidí correr el riesgo.

Estaba ilusionada, lo notó mi hermana y mis compañeras del trabajo, tan acostumbradas a verme desganada. Quería encontrarte y también saber qué había sido de tus amigas Pilar y Alicia de las que tanto hablabas mientras paseábamos por Jan Alhalili o disfrutábamos de la visita imperial en el Valle de las Reinas. Mi viaje a Madrid empezó como una aventura, como aquel día que se nos ocurrió meternos en un hamman en Cairo y acabamos regateando el precio de una alfombra que nos enseñaba la mujer de los masajes. Asustadas y divertidas a la vez, salimos a la carrera de allí con un ataque de risa de esos tan difíciles de controlar. Como niñas pequeñas disfrutamos entre las riadas de gente que transitaban por el zoco y callejuelas del barrio copto. Nos detuvimos en muchos puestos de plata y cuero y disfrutamos regateando hasta acabar exhaustas y borrachas con el olor de las especias.

Con ese dulce recuerdo en mi memoria me quedé dormida el día antes de emprender la aventura. Salí muy temprano de casa por la mañana cuando todavía no había amanecido y los bancos de niebla aún tomaban las calles de León. Cuando me desperté, el bus enfilaba el parking de la estación de autobuses y empezaba a maniobrar para aparcar. Subí andando hasta Atocha y luego la Gran Vía para disfrutar de una ciudad que olía tan diferente a León. Quizás por la sequedad del ambiente, por la contaminación o por los múltiples olores de restaurantes que se entremezclaban entre sí. Madrid me recibió optimista y yo también lo era.

Más pistas

Al día siguiente me puse manos a la obra: ¡Te iba a encontrar! Era octubre de 2018 y tenía toda una ciudad por delante. El primer día quedé con mi prima Sara, que llevaba toda una vida en la ciudad y se había convertido en toda una profesional del Madrid cultural, gastronómico y nocturno. Ella me llevó a ver varias exposiciones de las imprescindibles, obras de teatro e iglesias barrocas con pequeñas joyas escondidas en sus capillas. Una noche hasta me arrastró a Medias Puri, un local que se había puesto de moda y donde recaían todas las criaturas de la noche madrileña, sin límite de edad ni condición. Por las mañanas yo me dedicaba a rastrearme las panaderías y pastelerías del Gómez Ulla. Nada, ninguna era la del padre de Susana ni sabían dónde podía haber una fábrica de pan.

Al quinto día, cuando ya empezaba a estar un poco desesperada, entré en un bar cafetería que tenía un pequeño horno de pan, y, cuando ya me iba, una mujer mayor se me acercó corriendo y me dijo: "¿Buscas una fábrica de pan de las de antes? Yo sé dónde estaba". La mujeruca enjuta y delgadita hasta los límites andaba a toda velocidad y mientras me llevaba con ella hacia la antigua dirección del obrador me contó unas cuantas anécdotas del barrio que apenas entendí. Hablaba a gritos, pero como le faltaban tantos dientes no pronunciaba bien, ¡qué pena, pobrecita!

Cuando llegamos había un local de manicura atendido por pequeñas chicas orientales tapadas con máscara que agachaban los ojos a nuestro paso. ¡La esclavitud moderna, iQué poco hemos avanzado! Hablar con la encargada o la dueña del local fue tarea inútil, ella no sabía nada ni entendía bien lo que le preguntábamos, así que después de unas amables palabras de despedida decidí ir a preguntar a algunos de los vecinos de las casas cercanas. Nadie abría la puerta, todos daban la callada por respuesta y colgaban el auricular del portero automático.

Aproveché la llegada de un vecino para entrar y subir al primer piso donde una mujer que parecía mayor malhumorada empezó a gritarme y decirme que me fuera si no quería que llamara a la policía. "Largo ladrones, chorizos, volved a vuestro país maricones". Puf, ¡qué horror! En la casa de al lado una chica, que debía ser latina, me abrió con la cadena puesta y  me dijo que llevaban unos meses en el piso, que ella no sabía nada. Fue muy amable y dulce, se lo agradecí mucho.

El resto de vecinos o no estaban o no quisieron abrirme. ¿Qué podía hacer? Pues ir a la empresa de alquiler de local. Había visto Tecnocasa en la acera de enfrente, así que decidí cruzarme y preguntarle a los vendedores hípster que trabajaban allí y a los que no les interesó nada mi pregunta. Ellos estaban allí para ganar comisiones por la venta de casas y no tenían tiempo para dedicarlo a hablar de chorradas, ¿qué querrá esta tía ahora? Desilusionada salía por la puerta cuando, de repente, volví a ver a la señoruca pequeña gritando por la calle: "eh, chica, aquí, aquí! ¡Madre mía!, iQué escandalera! Qué querría ahora esta señora, ¡Qué corte! A ver si al final quería meterme en un lío raro, ¿quién me mandaría a mí meterme en estas historias? "Niña, niña, ven, que te estoy llamando". Buenooo, vale, me acercaré a ver qué quiere. "Sí, voy, voy, no hacer falta meter esos gritos", le dije bastante borde y prepotente.

"Mira, esta es la señora Delfina, ella conocía a Manolo, el dueño de la panadería de pan, el padre de Susana". No me lo podía creer, al final ella me iba a dar una pista importante, ¡Qué maja y qué malos pensados somos, joer!

-       "Hola señora, ¿cómo está usted?"

-        "Muy bien hija, muy bien, ¿Por qué estás buscando al Manolo?".

De forma telegráfica le conté mi interés en localizar a su hija y verbalicé por primera vez la razón oculta de mi búsqueda: había perdido a mi marido y quería reencontrarme con los amigos comunes que hicimos juntos. i¡Qué bonito hija, pues sí, claro que sí!!

Manolo se había jubilado y él con su mujer se habían cambiado de barrio. Su hijo sabía dónde vivían ahora, pero a él sólo le veía una vez al mes que era cuando venía a visitarla a la residencia Los Nogales donde estaba ingresada.

-       "Hija, hasta dentro de unos días no voy a poder preguntarle porque yo no oigo nada.  Por eso no hablo con él por teléfono, ni sé cómo funciona eso de los mensajes".

Después de agradecerle una y mil veces su ayuda y colaboración, invité a las dos señoras a desayunar un chocolate con churros que les supo a gloria. "Ay, hija, ¡qué solitas estamos!" Estas mujeres, madres y abuelas, a las que tanto debemos después de toda una vida de lucha y sufrimiento, las arrinconamos en residencias donde abandonamos en su soledad y tristeza.

Después de darme muchos besos y abrazos Delfina y Julia, como se llamaban las dos, volvieron a su residencia, y yo me fui feliz a ver una exposición al Reina Sofía. iiHoy sí que había avanzado algo!! En unos días Delfina me llamaría dándome buenas noticias. jQué alegría! Los días pasaron igual que las estaciones en Madrid. En pleno mes de febrero había vivido días de frío helador, otros de primavera y alguno de casi verano en manga de camisa. Disfrutaba de la ciudad para mí sola como jamás había pensado hacerlo y no echaba nada de menos León. iEra feliz!

Ángeles salvadores

Y el día llegó, Delfina me llamó y a gritos y, como pudo, me dio la dirección de Manolo. Su hijo no tenía el teléfono, pero sí sabía que se había mudado a una urbanización de la calle Embajadores, lo malo es que solo sabía el portal, pero no el piso ni la letra, solo el nombre y tampoco el apellido. iVaya por Dios! Bueno, malo será que los conserjes o algún vecino no supieran algo de un tan Manolo y su mujer Olivia. Pero los conserjes no tenían ni idea porque pertenecían a una compañía de seguridad que había conseguido el contrato hacía tan sólo unos meses. ¿Cómo iba a ponerme a preguntar por ellos en una urbanización en la que vivían 500 personas?

Con el consentimiento de uno de los guardias y armada de paciencia decidí ir preguntando a puerta fría a cada uno de los vecinos del portal. Los de primero no estaban, los del segundo no abrían, los del tercero no conocían a nadie, hasta que los del quinto me dieron una clave. Manolo había muerto hace unos años y su mujer se había ido a vivir con su hijo pequeño a un pisito en Aluche, pero no sabían exactamente dónde. "¿y no  saben de nadie que les conociera?" Nada. Volvía a estar en el punto de salida. ¡Qué decepción!

Ya cuando me iba a despedir de los conserjes apareció de la nada un guardia mayor que llevaba en la finca desde hacía diez años y que sí conocía a Olivia, la mujer de Manolo, y tenía su dirección. ¡¡Menuda suerte!! Iba a poder localizarla. Después de la muerte de su marido y de vender la fábrica de pan, seguro que no le apetecía seguir viviendo en su casa ni su vecindario de toda la vida, así que decidió cruzarse Madrid e instalarse en el barrio de la Concepción. Allí parece ser que vivía con su hijo Carlos, el hermano de Susana, que era igual de dicharachero que ella y tenía una especial complicidad con su hermana.

Ese día me puse mi mejor vaquero y una camisetita de fiesta. Quería que Ignacio y Susana me vieran mona. No sabía cómo les iba a decir lo de mi marido; iba a ser duro, pero estoy segura de que todo fluiría con normalidad. Cuando llegué a la puerta del piso de su madre me extrañó no ver ningún felpudo, pero nunca se sabe, a veces lo quitamos para lavarlo o cambiarlo y luego se nos olvida. Subí directamente a la casa porque me había abierto una vecina y enseguida me planté en el tercer piso. Allí se supone que me dirían por fin dónde vivían Susana e Ignacio; igual no muy  lejos, ella decía que estaba muy unida a su madre y le gustaba mucho charlar con ella.

Llamé, llamé y llamé pero nadie me abrió, después de 30 minutos llamando y esperando por si oía algún ruido o venían por las escaleras, me di cuenta de que me había precipitado. Igual no venían hasta por la noche. Bueno, esperaría, no tenía ninguna prisa. Mejor dicho, empezaba a tenerla, empezaba a desvanecerse el encantamiento en el que había vivido todos estos días y empezaba a sospechar que quizás todo esto de la búsqueda y el reencuentro era una gilipollez. ¿Y si no se acordaban de mí? ¿Y si no les apetecía verme? Lo cierto es que en diez años no habían mostrado interés en localizarnos, ¿por qué ahora tenía que llegar yo y les tenía que interesar mi vida anodina?

No puede ser

En ese momento, la puerta de al lado se abrió, no del todo, tenía la cadena puesta, claro.

-"¿Quién es?" dijo alguien con acento del este.

"¿Y a usted que mierda le importa? Estuve a punto de contestar yo, pero contesté en un tono borde al máximo: "Estoy preguntando por el vecino del A".

-       "¿La señora Olivia?" dijo.

-       "Pues sí" No te digo, encima cotilla.

-       "La señora Olivia murió, pobrecita".

-       “¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué?” Pregunté, sin darme cuenta de que eran demasiadas preguntas para un desconocido.

-       "Murió al día siguiente de fallecer su hija Susana. Fue una tragedia"

No sé cómo ni por qué de repente me encontré en la Gran Vía al lado del teatro Coliseum mirando sin ver las carteleras del espectáculo teatral. No veía bien porque me nublaban la vista unos enormes lagrimones que se deslizaban hasta la barbilla y me manchaban los zapatos. Algunos espectadores que salían del teatro riéndose se me quedaron mirando, pensando algunos, por un momento, que igual mi performance formaba parte de la obra.

Esa misma noche volví a León. No sabía qué más tenía que hacer allí, después de todo ese tiempo parece que lo que más me dolía es que no hubiéramos podido volver a vernos, no que Susana hubiera muerto. ¡Qué egoísta es el ser humano! Tres meses después volví a Madrid y llamé directamente al vecino que resultó ser un señor encantador con el que había intimado la familia de Susana y que mantenía relación con Carlos, su  hermano. "Él se fue a Alicante, se quedó muy triste y como no tenía trabajo decidió irse lejos". Era demasiado, no podía ir a Alicante a buscarle, pero sí podría encontrar a Ignacio y charlar un poco con él. A saber dónde se había ido a vivir.

-          "Está en Rusia, pero volverá esta semana, vive en el 5º A, justo aquí encima".

El El encuentro

Una semana después Ignacio y yo nos abrazábamos por fin, le había llamado antes  a través de su vecino que resultó ser ruso y gran amigo de Ignacio también.

Fuimos a comer y a recorrer el barrio, los bares y zonas por donde solíais pasear los dos juntos y disfrutar de la vida. Recordaste cómo en una pesadilla el día que murió Susana, no tuviste tiempo de despedirte de ella, pero al menos pudiste agarrarle la mano y transmitirle una mirada de tranquilidad y amor en ese breve instante de consciencia en el hospital.

Aún no sabes si los días siguientes fueron reales o fruto de lo que parecía una interminable pesadilla en la que continuamente te preguntabas para tus adentros, "pero, ¿lo que está pasando es verdad?" Es verdad que incineraron a Susana un calurosísimo día de agosto, el mismo día del cumpleaños de Pilar, una de tus amigas. Uno de esos días en los que no queda nadie en Madrid en el que todo parece estar en servicios mínimos.

Desde el cementerio os fuisteis a tomar algo a la placita del barrio de la Concepción donde tantas veces habíais tomado el aperitivo y allí contaste a los pocos amigos que habían podido acercarse a tiempo para despedirse de ella que Ryanair te exigía un certificado de defunción para devolverte el dinero por los billetes a Bulgaria. "Es una broma, ¿no?" Les preguntaste.

Pero en el mundo de los negocios no hay muertes ni sentimientos que valgan. Os ibais a Sofía, a respirar aire puro y a tomar el fresco a uno de esos pocos países que todavía no estaba tomado por el turismo. Pero no pudo ser.

Lo más doloroso fue volver a casa después de su incineración y la de su madre y descubrir que todo seguía como lo había dejado ella. Allí estaba el bote del champú abierto, sus zapatillas en medio del salón, la chaqueta a medio colgar, la bandeja de fresas medio abierta y su olor, el olor de Susana en toda la casa y en todas sus prendas.

Antes de volver a León decidí acercarme al mercadito de Ciudad Lineal para conocer el despachito de pan donde Susana trabajaba los últimos tiempos. Era chiquitito, pero a pie de calle y allí ella pasaba las horas atendiendo y hablando con sus vecinos. Pocos meses después, esa pequeña tienda cerraría para siempre y unos años más tarde el propio mercado desaparecía en la crisis de la pandemia. Ya no quedaba nada que recordara tu paso por este mundo Susana.

Sin embargo, dicen que los nuestros no mueren si los seguimos recordando y así será mientras los tuyos sigan viviendo.

  Hasta siempre amiga

 

(Relato escrito en el nombre de Pilar)

 

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