Recuerdos de Coruña
Mónica Hidalgo
Llevabas aquel vestido verde descolorido y un cinturón muy fino a la
cintura. También te habías puesto aquellos zapatos de rejilla que sólo usabas
para salir por las tardes y acompañabas a juego el monedero marrón que
sujetabas con tu mano derecha. Te encontré con la mirada cuando ya llevabas un
rato llamándonos a Leila y a mí mientras el ardiente sol nos cegaba los ojos en
el asfalto de La Solana. Estabas detrás de las rejas y al principio
no te reconocí, nunca habías venido a vernos a la piscina a esas horas en las
que siempre estabas en casa preparando la comida. Sonreías mucho y agitabas la
mano intentando que te prestáramos atención y te reconociéramos.
Habías bajado por San Carlos y bordeado la carretera para dar un paseo y
disfrutar de ese tercer día consecutivo con sol y con temperaturas por encima
de los veinticinco grados. Hasta en casa se notaba el calor, no tanto como para
prescindir de la manta en la cama pero sí por lo menos para estar en manga
corta a lo largo de todo el día. No llevabas la chaqueta que yo a veces te
había visto ponerte por la mañana con tan sólo un botón abrochado a la altura
del cuello, como si estuviera anudada. Y tampoco te habías atrevido a quitarte
las medias que te ajustabas con unas ligas marrones oscuras casi a la mitad del
muslo. Lo sé porque al primer vistazo tenías las piernas bronceadas y tú color
natural era el de la leche pura.
Tú nunca habías tomado el sol, alguna vez habías bajado a Riazor para
acompañarnos pero te recuerdo con el vestido puesto y con los zapatos quitados
como única concesión. Tampoco anduviste por la orilla, como hace ahora la
mayoría de la gente, e incluso dudo mucho que alguna vez llegaras a tocar con
tu mano el agua del mar ni a probar su sabor. El olor sí llegaste a hacerlo
tuyo, te lo llevabas contigo cuando volvías a Madrid después de pasar el verano
y ya no abandonaba tu ropa ni los armarios hasta que te volvías a ir. Por mucho
que lavaras todo, siempre había alguna prenda que colgabas cuando sacabas de la
maleta y permanecía allí latente, en espera, hasta que llegaba el mes de junio
y la recuperabas. Y a lo largo de todo ese tiempo el resto de la ropa se
contagiaba de ese olor tan a mar, y ya todo olía a ti. A Coruña.
Cuando volvíamos a Madrid, en aquellas largas tardes de domingo de invierno
Leila y yo estábamos convencidas de que sólo estábamos haciendo tiempo para que
volviera el verano y nos reencontráramos con Riazor. Y con sus diosas. Esas
mujeres que cuando se levantaban de la toalla en la que tomaban el sol
provocaban tal turbación que lograban ralentizar el ritmo natural de la
vida cotidiana. Cuando ellas hacían intención de incorporarse era como si el
conjunto de los cuerpos celestes en movimiento se alinearan y una extraña
armonía metafísica contagiara a todos los allí presentes. Sus rítmicos y
cadenciosos movimientos fris, fris, fris, fris, retumbaban en el aire como los
tambores y timbales del final de una sinfonía mientras se alejaban en dirección
a la orilla sin que un sólo grano de arena rozara siquiera sus portentosos tobillos.
Se ajustaban sus gorros de colores apresando la tira con el automático y se
metían en el mar con determinación hasta que el agua les llegaba por debajo del
pecho. Entonces, se impulsaban hacia delante y se sumergían en el agua con una
brazada lenta, inacabable, a la que seguirían muchas más que harían que poco a
poco desaparecieran en el firmamento.
Nadie sabía nunca si iban a ser capaces de volver. Nosotras tampoco
sabíamos si íbamos a volver del ensoñamiento que sentíamos mientras dormitábamos
encima de la arena. Recuerdo que tras tomar un baño vivificador nos tumbábamos
en nuestras toallas playeras y notábamos como nos abandonábamos al deleite de
nuestros sentidos concentrado en escuchar romper las olas, una y otra vez, cada
vez mas lejanas, cada vez más cercanas. Ese ruido de fondo que a veces he
intentado reproducir en alguna madrugada de insomnio y estimulada por el sonido
similar que mis propias ondas cerebrales generan en mi oído medio. Un ruido
constante, sordo y rítmico como el que también he sentido en pleno vuelo
transoceánico cuando los motores del avión no están a plena potencia y todo el
universo conocido dormita dentro de una enorme ballena de hierro y tornillos.
El grito de un niño, el alarido de una abuela llamando a sus nietos o las voces
que hasta entonces se oían lejanas nos devolvían a la realidad. Era como si de
repente alguien nos chistara a todo volumen y nos impulsara a despertar.
Pero eran muchos más los días que no salía el sol y que la mañana era para
hacer recados a la tienda de Julio, a la carnicería o a la betanceira. Compra
una docena de huevos, dos bollitos de pan ipasa, dos bolsas de leche, un kilo
de melocotones y dos manojos de grelos. Esos días desayunábamos tranquilamente,
sin prisas, mientras Chuchi terminaba de pintarse y arreglarse antes de ir a
trabajar. Siempre se ponía la ropa interior y los zapatos y sólo después de
pintarse y taparse la coronilla por detrás en delicados e interminables
movimientos, se ponía la falda y la blusa y aquel cinturón blanco o negro tan
finito que iba a juego. Luego, como en un ritual evangélico que repetía
indefectiblemente todos los días abría la ventana del comedor y decía ”Arrolla”
y acompañaba su predicción con las inevitables previsiones del tiempo que
variaban en función de si el edificio de Correos estaba despejado o no. “A la
una abre así que preparad las cosas para ir a la piscina” decía antes de irse y
de pedirle a la bueli que ventilara un poco la casa: “Manolita, abre un
poco detrás antes de que llueva más”.
Después yo bajaba a Julio que en su lenguaje indescifrable me
preguntaba que quería mientras le gritaba a Ofelia que dejara de hablar y
atendiera a las clientas. Ella le contestaba también con toda la potencia de su
voz de pito a la vez que te dedicaba la mejor de sus sonrisas y me volvía a
preguntar: “¿qué quieres neniña? Después de dejar colar a la vecina de
enfrente, que siempre bajaba en bata y zapatillas y tenía aquella niña rubita
tan delgadita, por fin me hacía entender en medio del guirigay de gritos y
volvía a casa a dejar la fruta y la verdura antes de acercarme a Teresa, la
carnicera aquella que me resultaba tan siniestra. Siempre me llamó la atención
que en esa tienda nunca estuviera el género expuesto y que cada vez que le pedías
dos filetes abriera la puerta de la cámara y tardara una eternidad en salir con
un trozo de carne de vaca roja. “Ésta es aguja, de la que le gusta a tu tía” me
decía mientras le hacía un corte imposible a la pieza y luego intentaba
arreglarlo mazando los pobres filetes con una piedra roma. Al cabo de los años
me enteré de que la habían encontrado muerta en su casa después de varios días
sin que nadie supiera nada de ella. Estoy segura de que se había quedado
encerrada en la cámara de frío acompañada por las cabezas de vaca y de cordero
y los trozos de carne de aguja.
Esos largos días no perdonábamos la sesión vespertina de telenovela, con su
carta de ajuste incluida, que nos servía para amodorrarnos un poco en el
sofacito del salón mientras la bueli ojeaba el periódico y Chuchi se echaba la
siesta. El conde de Montecristo fue una de las series que más recuerdo,
probablemente porque la estancia en la cárcel del susodicho se hacía
interminable. Pasaban capítulos y capítulos y aquel señor con barba canosa
seguía escribiendo a la vela de un candil y alimentando odios imposibles
mientras nosotras nos tomábamos una copita de Malaga Virgen a la salud de las
causas perdidas. Tras la aparición de la carta de ajuste y el obligado descanso
de la tele yo dedicaba las dos siguientes horas a probarme por enésima vez los
zapatos de chuchi y los collares y pendientes de colores que guardaba en el
joyerito de toda la vida. Después de rezongar un poco en el sofá, la bueli –que
nunca se echaba la hora de la siesta- empezaba a arreglarse para salir a
la coca-cola.
Daba igual que lloviera o granizara, seguro que durante un ratito se
calmaba y podíamos desfogarnos un poco haciendo el burro. En los días buenos, y
siempre que hubiera algún mayor que se hiciera cargo de nosotros y sino
también, íbamos hasta los jardines de Méndez Núñez y probábamos a saltar la
fuente sin mojarnos o a escalar por el empedrado inventando rutas imposibles y
arriesgadas. Todavía guardo en mi memoria como en una foto fija, el momento en
que sentí que no tenía sujeción posible y que mi única alternativa era caerme
desde una altura de casi dos pisos. En el último momento alguien me sujetó
desde detrás y conseguimos volver a zona segura, donde no había peligro
posible. Yo siempre quise emular a los chicos del grupo y colocarme a su
altura: si los primos de Merchi saltaban la fuente, yo no iba a ser menos. Si
los chicos del parque del S-11 lograban el más difícil todavía en una gimkana
complicadísima yo no les iba a la zaga. Un día Chuchi me restregó con el
scotch-brite por las rodillas creyendo que ese color amoratado era de suciedad
y no de los golpes que me daba.
Era feliz, disfrutaba cada minuto del día con total intensidad, sin miedo
de nada ni ante nada. Hubo incluso momentos de delirio colectivo, como el día
aquel en que las madres y las abuelas se olvidaron de la hora y todos los niños
sentimos que vivíamos un momento especial mientras se encendían las primeras
luces de las farolas y la oscuridad nos iba envolviendo. Con los ojos
brillantes y las risas nerviosas empezamos a cantar cada vez más alto y a
saltar y a brincar a un ritmo desenfrenado y delirante en una especie de ritual
festivo-catártico que nos hizo entrar en comunión los unos con los otros. Una
unión que perdura hoy con mis amigos que, a su vez, lo fueron alguna vez de las
Merchis y Patricias, a las que, por ironías del destino, apenas he vuelto a
ver.
Otros días Al se empeñaba en adiestrarnos en la práctica del deporte, tarea
vana para Leila que nunca se sintió tentada por el footing, jogging o cualquier
otra especialidad que implicara mover el culo un poco más de lo normal. Yo, sin
embargo, quería estar a su altura, y aunque sospecho que él no se daba cuenta,
me esforzaba por correr, saltar y brincar para no defraudarle. Aunque se me
saliera el pecho por la boca si era necesario. Para eso Helen era mucho más
lista, ella nos esperaba en el S-11 tomando una cañeja y una tapa de tortilla
tan tranquila sin necesidad de pasar por ese martirio chino. ¡¡Menos mal que me
dieron el relevo Raúl y Diego!!
(A mi abuela y a mi tía Chuchi a las que debo una infancia feliz)

Qué bonito y qué recuerdos tan parecidos, pues compartimos lugares de la niñez en la memoria. Y luego amistades y momentos únicos e irrepetibles.... Un beso, Mónica.
ResponderEliminar